Hoy es el día
Por: (La historia no se cambia)
Hoy es el día... Abro los ojos y el peso de la realidad cae sobre mí, tratando de cerrármelos otra vez. La ahuyento de un manotazo al aire y salto de la cama. Mis pies desnudos tocan el cálido piso brasileño y siento la concentración de energía en mi cuerpo. Del cansancio por los partidos con Suecia y España no queda nada, estoy entero, como deben estar también mis compañeros, y me siento de maravilla. Irrumpo en sus cuartos con cánticos y aplausos y, poco a poco, se van levantando, algunos acompañando mis cantos, otros, como Máspoli o Gambetta, con ganas de matarme por hacerlos despertar. Un rápido cruce de miradas con cada uno me da la seguridad de que estamos listos.
La mañana pasa rápido, todos preparándonos. El profe preferiría que no vuele ni una mosca, pero creo que es mejor así. El Pepe Schiaffino no para con los malabares de derecha y la toca con todo el mundo. La pelota lo ama y hace todo lo que él le pide. Morán bromea con Ghiggia, a ver quién hace más goles en la final, mientras Gonzáles nos traduce a unos pocos lo que dicen los periódicos... Nos dan por muertos. Al que no lo veo muy bien es a Julito Pérez, parece que se muere de nervios. Comemos algo ligero en el hotel y salimos temprano. Qué bueno, porque la cantidad de gente en la calle es para no creer, y el trayecto al Maracaná se hace interminable.
Estamos en el camerino calentando un poco y nos tenemos que hablar casi a los gritos. Nadie se atreve a salir a dar un vistazo. Tejera piensa que todo Río de Janeiro está en el estadio. Parece que la torcida nos va a botar el techo encima, pero no importa, seguimos en lo nuestro. Puedo ver a Máspoli bien relajado, suelto, como gato mismo, atrapando cada pelotazo que le lanza el profe. Míguez me pasa por un lado como un rayo sin que haya sentido siquiera que se me acerca. Durante esa fracción de segundo en que queda a mi lado, nos miramos con el rabillo del ojo y puedo leer en él la confianza. Me doy una vuelta por el vestuario y se puede sentir en el ambiente que algo grande va a pasar... Aunque los brasileños van a salir a golear, en la cancha somos once contra once, y mis once no les tienen miedo.
Casi listos, nos avisan de una visita ilustre. Llegan los dirigentes de la A.U.F. cuando estoy terminando de ponerme el brazalete de capitán. Nos dan la mano, nos felicitan por llegar hasta este punto y nos disparan a matar. El presidente nos dice que si no nos hacen más de cuatro goles, habremos cumplido. Pasa un segundo eterno en el que siento que la confianza de muchos sufre la metralla de las palabras de ese ignorante, mientras a mí me sube la sangre a la cabeza y a punto estoy de caerle a patadas. "¡Cumplidos sólo si somos campeones!" le grito justo a tiempo para contener un poco la debacle anímica. Con la cabeza baja y muertos de vergüenza, los directivos salen del camerino.
Pasan los minutos, el profe nos da la charla y nos deja listos para salir a la cancha. Parece que algo explota allá afuera, debe se el equipo local que salta al césped y provoca la histeria de toda la gente. Me paro en la puerta del vestuario y hago tiempo, esperando que se calme un poco tanta locura. "Dios mío", pienso, "es sólo un deporte... Espero que no lo tomen a mal cuando les ganemos la Copa".
Después de un largo rato salgo encabezando a los muchachos, con la Celeste, la segunda piel, y la multitud nos recibe agresivamente. Se puede sentir el retumbar de los tambores en nuestro cuerpo y el aliento de toda esta gente. Llegamos a la cancha y un Andrade pálido me dice "Acá debe haber más de doscientas mil personas..." Recorro la mirada por las caras del equipo y puedo ver cómo la fe de algunos se desmorona. Los reúno antes de que sea demasiado tarde y, sin saber bien qué decir, les grito "¡Los de afuera son de palo!". Gambetta me entiende perfectamente y me sonríe. Me acerco a Máspoli y le digo "¿Te fijaste en la cara del nueve de ellos? ¡Qué tipo tarado! Te apuesto lo que quieras que no es capaz de hacerte ni un gol". Corro después donde Ghiggia y con sorna le digo "¿Viste el arquero que tienen? Ese está medio dormido todavía, seguro le haces unos diez goles."
Grito, aplaudo, les transmito mi fe y todos se van levantando, van olvidando al cuarto de millón de brasileños reunidos en el estadio y a los temblores que causan al saltar. Nos miramos entre todos. Estamos bien. Nos paramos en fila para la ceremonia y las autoridades van saludando a los nuestros y a los de ellos. Todos podemos oír cómo su presidente les dice "campeones mundiales brasileños" sin siquiera haber comenzado el partido. Eso los va matando...
Y, todavía en la ceremonia, Julito Pérez me dice: "Obdulio, si hoy quieres ir a tapar, seguramente atajas cuatro penales". Es que es así, se puede sentir en la camiseta. Hoy es el día...
martes, 16 de octubre de 2007
EL RETORNO
Tocando a mi puerta.
Por: Icaro jr
Finalmente me decido. No es fácil. Hay días que lo único que deseo es no despertar y cuando el sol, que sale siempre, me toca los ojos quisiera desaparecer.
Hoy me decido a volver al ruedo. Sí, así como lo oyen. Salgo a torear al monte.
La caída no fue tan simple varios moretones en las piernas y un golpe fuerte en la cabeza y muchos días de hospitalización le tomó a este corazón volver a latir.
Al principio no me creí capaz de hacerlo de nuevo, sobre todo después de escuchar sobre su matrimonio. El día que me entré de todo una bruma se apodero de mis ojos y no me dejaba ver, creo que algunos lo llaman llanto. ¿Un moretón más? ¿Un nuevo golpe? Pero nada de hospitales esta vez.
Tomé mis corotos y me cambie de dirección. Dejé de lado una casa con recuerdos, un balcón lleno de nubes negras, un perro que responde a su silbido, un gato acostumbrado a mi ausencia y un par de pericos libres y fui, bueno quizás debo decir volví, regresé a mi mitad esa que se muere por salir, por bailar, por equivocarse de nuevo con otras personas.
Aquí estoy, golpeando mi propia puerta y esperando dejarme entrar.
Por: Icaro jr
Finalmente me decido. No es fácil. Hay días que lo único que deseo es no despertar y cuando el sol, que sale siempre, me toca los ojos quisiera desaparecer.
Hoy me decido a volver al ruedo. Sí, así como lo oyen. Salgo a torear al monte.
La caída no fue tan simple varios moretones en las piernas y un golpe fuerte en la cabeza y muchos días de hospitalización le tomó a este corazón volver a latir.
Al principio no me creí capaz de hacerlo de nuevo, sobre todo después de escuchar sobre su matrimonio. El día que me entré de todo una bruma se apodero de mis ojos y no me dejaba ver, creo que algunos lo llaman llanto. ¿Un moretón más? ¿Un nuevo golpe? Pero nada de hospitales esta vez.
Tomé mis corotos y me cambie de dirección. Dejé de lado una casa con recuerdos, un balcón lleno de nubes negras, un perro que responde a su silbido, un gato acostumbrado a mi ausencia y un par de pericos libres y fui, bueno quizás debo decir volví, regresé a mi mitad esa que se muere por salir, por bailar, por equivocarse de nuevo con otras personas.
Aquí estoy, golpeando mi propia puerta y esperando dejarme entrar.
EL RETORNO
El Encuentro
por: NUR
Caminando entre asfalto y ciudad
entre voces y sonidos
penumbra y estrellas
nos volvimos a encontrar.
Cada uno igual de rostro
pero diferente de experiencia
iguales de piel
contrarios de alma
parecidos en el pasado
distintos en el olvido
evitando mirarnos a los ojos
para que no se note
que todavía somos presente
fingiendo
que el pasado se ha extinguido
que el corazón se quedó dormido
que el ahora nos es indiferente
compartiendo
saludos y gestos
miradas y sonrisas
recuerdos y pasiones
con las vivencias más cerca que lejos
con la nostalgia más mía que tuya
con un nosotros abandonado en el camino
luchando entre dolor y deseo
entre orgullo y tregua
entre perdón y desafío
con el amor
escondido bajo el brazo
con un “te extraño” sin evidencia
con un “te quiero” sin palabras.
Caminando entre asfalto y ciudad
entre voces y sonidos
penumbra y estrellas
nos volvimos a encontrar.
por: NUR
Caminando entre asfalto y ciudad
entre voces y sonidos
penumbra y estrellas
nos volvimos a encontrar.
Cada uno igual de rostro
pero diferente de experiencia
iguales de piel
contrarios de alma
parecidos en el pasado
distintos en el olvido
evitando mirarnos a los ojos
para que no se note
que todavía somos presente
fingiendo
que el pasado se ha extinguido
que el corazón se quedó dormido
que el ahora nos es indiferente
compartiendo
saludos y gestos
miradas y sonrisas
recuerdos y pasiones
con las vivencias más cerca que lejos
con la nostalgia más mía que tuya
con un nosotros abandonado en el camino
luchando entre dolor y deseo
entre orgullo y tregua
entre perdón y desafío
con el amor
escondido bajo el brazo
con un “te extraño” sin evidencia
con un “te quiero” sin palabras.
Caminando entre asfalto y ciudad
entre voces y sonidos
penumbra y estrellas
nos volvimos a encontrar.
jueves, 2 de agosto de 2007
HOY ME SIENTO OPTIMISTA
Por: Icarojr
Ser positivos debería ser más fácil, como por ejemplo está mañana antes de salir para el trabajo me asomé por la ventana para como estaba el clima y por la cantidad de nubes en cielo decidí no irme en la bici al trabajo porque estaba segura que en la tarde llovería.
Sí hubiera sido positiva me hubiese ido en bici y ahora estaría hecha una sopa.
De pensar positivo hasta ahora juraría que él se fue un ratico comprar cigarrillos como decía su nota sobre el espejo. Aun que sus armarios estaban vacíos y el ambiente olía a abandono.
Tomar una gran bocanada de aire y ser capaz de resistir todo el túnel sin tomar más…
Mirar la paloma que se posa sobre el filo de mi ventana sin pesar que al salir me pueda cagar en encima. ¿Ser positivos?
Esta noche saldré con mi mejor gala y espero no volver sola a casa. ¿Qué tal ese positivismo? Les cuento después como me fue.
Ser positivos debería ser más fácil, como por ejemplo está mañana antes de salir para el trabajo me asomé por la ventana para como estaba el clima y por la cantidad de nubes en cielo decidí no irme en la bici al trabajo porque estaba segura que en la tarde llovería.
Sí hubiera sido positiva me hubiese ido en bici y ahora estaría hecha una sopa.
De pensar positivo hasta ahora juraría que él se fue un ratico comprar cigarrillos como decía su nota sobre el espejo. Aun que sus armarios estaban vacíos y el ambiente olía a abandono.
Tomar una gran bocanada de aire y ser capaz de resistir todo el túnel sin tomar más…
Mirar la paloma que se posa sobre el filo de mi ventana sin pesar que al salir me pueda cagar en encima. ¿Ser positivos?
Esta noche saldré con mi mejor gala y espero no volver sola a casa. ¿Qué tal ese positivismo? Les cuento después como me fue.
lunes, 16 de julio de 2007
HOY ME SIENTO OPTIMISTA
Mi viejita
por: Reo del 23
Ya me quitaron el respirador. El doctor se despide silenciosamente de mi viejita, que ataviada de negro aprieta con fuerza su pañuelo blanco, mientras llora desconsolada y con un silencio respetuoso, sentada en la mecedora que colocó junto a mi cama desde hace casi un año, cuando dejé de acompañarla todas las mañanas a comprar la leche y el pan.
No le puedo achacar mis malestares de ahora a la vida rutilante con la viejita. Cincuenta y dos veces le he dicho que la amo cada veintisiete del diez. Cincuenta y dos ramos de flores custodiaron siempre los chocolates caseros de don Fulgencio, el artesano de los sabores del pueblo, quien preparaba con antelación de un mes el paquete especial con el que acompañaba yo las tortas de naranja de los cumpleaños de mi querida viejita. Cincuenta y dos pollos a la naranja, servidos con sobriedad junto a las patatas y a pequeños anillos de zanahoria, melloco y tomate, manjar con el que mi madre homenajeaba ni nacimiento y detalle que conservó mi querida viejita cada uno de los cincuenta y dos diez de enero.
Cincuenta y dos años multiplicados por cada una de sus noches en los que pese a que la vida re dibujó con violencia nuestras formas, no encontrábamos nada más emocionante que mirarnos a lo ojos, con la luz de la veladora de su mesita de noche, mientras el uno ponía el pijama al otro en un ritual lento, emotivo y apasionado.
La vida nos gastó, nos apaleó, nos dejo ver que de pobres no saldríamos y que de dichosos solo lo que forjemos juntos conseguiríamos. Ahí están ahora, ocho criaturas de jeans y vestiditos que revolotean por la casa a expensas de sus padres, sin importarles el silencio que se debe guardar en la casa de los abuelos, en una situación y en un momento de angustia como el que causaba mi lecho.
Sus risas y sus zapateos opacaban los sollozos de mi viejita y no dejaban que entre yo en la luz clara que asomaba, solo conseguían que evoque las mismas risas y los mismos zapateos que perseguía yo por los mismos corredores, con la misma alegría, con la misma vida con la que alcanzo a escuchar tan reconfortante coro de partida.
El mayor de mis muchachos entra despacio, trae el agüita de cedrón para mi viejita. Le quita el tejido de las manos y le pone la pequeña taza, parte de la primera vajilla que fue el regalo más significativo de la boda. Está grande, se me parece, su esposa entra despacio también y le entrega las galletitas para que le de a su madre, ve en el rostro de mi muchacho la desazón y le da el beso reconfortante, de esos como los que recibí yo siempre de mi viejita en los momentos de angustia, en las alegrías, en las partidas y en las vueltas y en cada noche de pijama.
Detrás de la nuera aparecen los angelitos con sus caras sudadas de tanto juego, ajenos a lo que pasa a este lado de la puerta y solo exigiendo el helado prometido. La pequeña lleva un vestido rosa con una flor en el pecho, dos trenzas en el pelo y una sonrisa que deja ver que ya empezó a mudar sus dientes. Me mira con asombro, con miedo y con ternura, siempre me tuvo un poco de recelo, la barba canosa nunca le pareció acogedora.
Todos salen, les parece demasiada presencia en un espacio tan corto, solo mi viejita casi inmóvil se queda a mi lado, la taza está en la mesita y tiene entre sus manos nuevamente el tejido que la ha acompañado todo este tiempo. Me mira, me cambia el paño húmedo que llevo sobre la frente y me acaricia, se sienta y sigue en su tarea inmóvil de acompañarme, de tejer, de velarme, de no separarse nunca como nunca se ha separado, de ser mi compañera. Y ahora yo, cada vez más cerca de esta luz que encandila, que quema, que sumerge y que me aleja de ella.
Voy a extrañarla, voy a extrañar sus besos, voy a estar triste sin ella, pero sigo oyendo a lo lejos el coro de esos zapateos y esas risas y estoy optimista, porque pese a que se que va a estar triste y sola, se que estará bien, y se también que no faltará mucho para que volvamos a ponernos juntos la pijama.
por: Reo del 23
Ya me quitaron el respirador. El doctor se despide silenciosamente de mi viejita, que ataviada de negro aprieta con fuerza su pañuelo blanco, mientras llora desconsolada y con un silencio respetuoso, sentada en la mecedora que colocó junto a mi cama desde hace casi un año, cuando dejé de acompañarla todas las mañanas a comprar la leche y el pan.
No le puedo achacar mis malestares de ahora a la vida rutilante con la viejita. Cincuenta y dos veces le he dicho que la amo cada veintisiete del diez. Cincuenta y dos ramos de flores custodiaron siempre los chocolates caseros de don Fulgencio, el artesano de los sabores del pueblo, quien preparaba con antelación de un mes el paquete especial con el que acompañaba yo las tortas de naranja de los cumpleaños de mi querida viejita. Cincuenta y dos pollos a la naranja, servidos con sobriedad junto a las patatas y a pequeños anillos de zanahoria, melloco y tomate, manjar con el que mi madre homenajeaba ni nacimiento y detalle que conservó mi querida viejita cada uno de los cincuenta y dos diez de enero.
Cincuenta y dos años multiplicados por cada una de sus noches en los que pese a que la vida re dibujó con violencia nuestras formas, no encontrábamos nada más emocionante que mirarnos a lo ojos, con la luz de la veladora de su mesita de noche, mientras el uno ponía el pijama al otro en un ritual lento, emotivo y apasionado.
La vida nos gastó, nos apaleó, nos dejo ver que de pobres no saldríamos y que de dichosos solo lo que forjemos juntos conseguiríamos. Ahí están ahora, ocho criaturas de jeans y vestiditos que revolotean por la casa a expensas de sus padres, sin importarles el silencio que se debe guardar en la casa de los abuelos, en una situación y en un momento de angustia como el que causaba mi lecho.
Sus risas y sus zapateos opacaban los sollozos de mi viejita y no dejaban que entre yo en la luz clara que asomaba, solo conseguían que evoque las mismas risas y los mismos zapateos que perseguía yo por los mismos corredores, con la misma alegría, con la misma vida con la que alcanzo a escuchar tan reconfortante coro de partida.
El mayor de mis muchachos entra despacio, trae el agüita de cedrón para mi viejita. Le quita el tejido de las manos y le pone la pequeña taza, parte de la primera vajilla que fue el regalo más significativo de la boda. Está grande, se me parece, su esposa entra despacio también y le entrega las galletitas para que le de a su madre, ve en el rostro de mi muchacho la desazón y le da el beso reconfortante, de esos como los que recibí yo siempre de mi viejita en los momentos de angustia, en las alegrías, en las partidas y en las vueltas y en cada noche de pijama.
Detrás de la nuera aparecen los angelitos con sus caras sudadas de tanto juego, ajenos a lo que pasa a este lado de la puerta y solo exigiendo el helado prometido. La pequeña lleva un vestido rosa con una flor en el pecho, dos trenzas en el pelo y una sonrisa que deja ver que ya empezó a mudar sus dientes. Me mira con asombro, con miedo y con ternura, siempre me tuvo un poco de recelo, la barba canosa nunca le pareció acogedora.
Todos salen, les parece demasiada presencia en un espacio tan corto, solo mi viejita casi inmóvil se queda a mi lado, la taza está en la mesita y tiene entre sus manos nuevamente el tejido que la ha acompañado todo este tiempo. Me mira, me cambia el paño húmedo que llevo sobre la frente y me acaricia, se sienta y sigue en su tarea inmóvil de acompañarme, de tejer, de velarme, de no separarse nunca como nunca se ha separado, de ser mi compañera. Y ahora yo, cada vez más cerca de esta luz que encandila, que quema, que sumerge y que me aleja de ella.
Voy a extrañarla, voy a extrañar sus besos, voy a estar triste sin ella, pero sigo oyendo a lo lejos el coro de esos zapateos y esas risas y estoy optimista, porque pese a que se que va a estar triste y sola, se que estará bien, y se también que no faltará mucho para que volvamos a ponernos juntos la pijama.
martes, 24 de abril de 2007
Carta de Amor/Desamor
Cansado.
Por: Nacido un 23
Mi amor:
Me cansé de esperar. El perro del micro mercado de enfrente me ve con ganas, como si yo fuese un poste, y las viejas del salón de belleza no paran de elucubrar historias conmigo. Siento las púas de sus miradas. Imagino que creerán que estuve como un imbécil esperándote toda la tarde, como todas las tardes.
Creo que me harté. Me harté de verte salir huyendo desesperada de cada uno de nuestros encuentros, de soportar todos tus planes, de las compras, de los tés con tus amigas, del domingo religioso donde la suegra, de tus vacaciones eternas, de tu trabajo asfixiante, de tus gustos, de tus ascos, de tu moda, de tu pop y tu música para planchar, de tus compañeritos del trabajo y los del inglés, todos esos que me saludan con hipocresía cuando me ven aparecer y agarran fuerte tu cintura cuando se despiden. Me cansé de saber siempre que finges en la cama, me cansé de hacerme el cojudo y me cansé de esperar, me cansé de intentar que te enamores de mi.
Porque esto no es de intentar, esto no es de cumplir a la perfección el papel de perrito faldero. Pero lo intenté y cumplí, claro, a la perfección mi papel de perrito faldero. Pero me cansé. Por fin!, diría mi madre.
Que andarás haciendo ahora? Ahora que ya perdí la cuenta de las tardes que espero en vano que pases por el umbral de la puerta, cruces la calle y subas al bus de mi mano.
Qué andarás haciendo ahora? Tonta pregunta con la que trato de evadir la verdad de siempre, la que sé, la que siento, de la que soy testigo. Andarás viviendo, porque desde hace mucho que tu vida dejo de serlo conmigo, desde hace mucho que me niego a darte el sí que esperas: “sí, me largo, no soporto más”. Pero ahora toma, cógelo, te lo doy: “sí, me largo, no soporto más”.
No usaré nunca más las camisas Dior que me comprabas en navidad. Volveré a beber, aunque el whisky está en la alacena desde que decidiste no visitar nunca más. Comeré hamburguesas el día entero junto a la cola de naranja que tanto detestas y todo sobre la cama.
Ni una telenovela más, ni una comida vegetariana más, cancelaré mi ficha en el gimnasio y con todo lo que ahorraré en comidas, chocolates y paseos me compraré la moto que tanto quiero, para largarme un poco más lejos.
Me voy, comienza a llover, la señora que vende las flores me pregunta por qué hoy no le he comprado nada. Ya no habrá más rosas sobre tu mesa, esas que tu desprecio no admitía, pero que tu ego siempre las recibió como premio. Ahora que te las compre tu profesor de inglés.
Te amo.
Por: Nacido un 23
Mi amor:
Me cansé de esperar. El perro del micro mercado de enfrente me ve con ganas, como si yo fuese un poste, y las viejas del salón de belleza no paran de elucubrar historias conmigo. Siento las púas de sus miradas. Imagino que creerán que estuve como un imbécil esperándote toda la tarde, como todas las tardes.
Creo que me harté. Me harté de verte salir huyendo desesperada de cada uno de nuestros encuentros, de soportar todos tus planes, de las compras, de los tés con tus amigas, del domingo religioso donde la suegra, de tus vacaciones eternas, de tu trabajo asfixiante, de tus gustos, de tus ascos, de tu moda, de tu pop y tu música para planchar, de tus compañeritos del trabajo y los del inglés, todos esos que me saludan con hipocresía cuando me ven aparecer y agarran fuerte tu cintura cuando se despiden. Me cansé de saber siempre que finges en la cama, me cansé de hacerme el cojudo y me cansé de esperar, me cansé de intentar que te enamores de mi.
Porque esto no es de intentar, esto no es de cumplir a la perfección el papel de perrito faldero. Pero lo intenté y cumplí, claro, a la perfección mi papel de perrito faldero. Pero me cansé. Por fin!, diría mi madre.
Que andarás haciendo ahora? Ahora que ya perdí la cuenta de las tardes que espero en vano que pases por el umbral de la puerta, cruces la calle y subas al bus de mi mano.
Qué andarás haciendo ahora? Tonta pregunta con la que trato de evadir la verdad de siempre, la que sé, la que siento, de la que soy testigo. Andarás viviendo, porque desde hace mucho que tu vida dejo de serlo conmigo, desde hace mucho que me niego a darte el sí que esperas: “sí, me largo, no soporto más”. Pero ahora toma, cógelo, te lo doy: “sí, me largo, no soporto más”.
No usaré nunca más las camisas Dior que me comprabas en navidad. Volveré a beber, aunque el whisky está en la alacena desde que decidiste no visitar nunca más. Comeré hamburguesas el día entero junto a la cola de naranja que tanto detestas y todo sobre la cama.
Ni una telenovela más, ni una comida vegetariana más, cancelaré mi ficha en el gimnasio y con todo lo que ahorraré en comidas, chocolates y paseos me compraré la moto que tanto quiero, para largarme un poco más lejos.
Me voy, comienza a llover, la señora que vende las flores me pregunta por qué hoy no le he comprado nada. Ya no habrá más rosas sobre tu mesa, esas que tu desprecio no admitía, pero que tu ego siempre las recibió como premio. Ahora que te las compre tu profesor de inglés.
Te amo.
viernes, 13 de abril de 2007
Carta de Amor/Desamor
Por: Zeta
Señor
Triste Cobarde
Planeta Tierra
La telepatía no me funcionó, entonces decidí usar este recurso prehistórico de escribir en un pedazo de este material llamado papel que encontré en esa caja extraña de mi tatarabuela.
“Es lo único que no le molesta que haga a la mujer de celeste que me trae las cápsulas que me alimentan”.
Mi intención? desgarrar tu alma con mis letras, intentar y saber que talvez moriré intentando que cada palabra que leas en esta carta te llegue y te golpee con la fuerza de un látigo en el cuerpo desnudo de un esclavo, que te hieran con la fuerza de lanzas prehistóricas de los soldados luchaban en las guerras por sus vidas, que te lleguen de manera directa, punzante, veloz y que se queden escritas en tu cuerpo como una prueba de mi existencia y como prueba que no deja dudas, sin el riesgo de que se queden únicamente en los pensamientos, los míos y los tuyos huidizos como son, cobardes como su creador.
Te escribo para decirte que me provocas náusea cuando veo las fotos que guardé de tí, que mi estómago se retuerce y mi mente se marea, para decirte mil veces que eres la representación perfecta de lo más cobarde y la representación perfecta de lo inexplicable, de la acción que no obedece a las palabras, de la mirada que esquiva los ojos, de lo diabólico encarnado en un cuerpo perfecto. Porque lograste que mi corazón saltara cada vez que tu silueta se acercaba, hiciste que cediera espacio al extraño sentimiento del que siempre me burlé, dejé de ser la niña fría, dura y firme para convertirme en una pluma en el viento de tu simple aroma, me convertiste en nada, me transformé en la mujer invisible y te odio por esto, te odio por que convulsionaste mi vida, por que anulaste mi interés por mi misma para convertirme en un perro fiel que cuida de su amo, por que aceleraste mi muerte, por que envejeciste mi alma.
Ojalá que cada palabra que lees en esta carta te arranque el aire como lo hicieron tus mentiras conmigo, ojalá que la vida te condene y te cobre cada uno de tus actos y sobretodo te cobre por la cobardía de abandonar el amor intenso, puro, inmenso, verdadero y apantanarte en un mundo de comodidad, ojalá que la mujer con la que te quedaste se convierta en el ogro de los cuentos de horror y que cada caricia de ella te queme hasta lo más profundo de tus entrañas, ojalá que en verdad un día te enamores como yo de ti y sientas por ella lo mismo que yo por ti, y ella sienta por ti lo mismo que tú por mí, y por último ojalá que vivas mil años envejeciendo y el tiempo no sea indiferente contigo.
Sinceramente, desde la casa blanca a la que un día me abandonaste,
Tu eterno amor
Señor
Triste Cobarde
Planeta Tierra
La telepatía no me funcionó, entonces decidí usar este recurso prehistórico de escribir en un pedazo de este material llamado papel que encontré en esa caja extraña de mi tatarabuela.
“Es lo único que no le molesta que haga a la mujer de celeste que me trae las cápsulas que me alimentan”.
Mi intención? desgarrar tu alma con mis letras, intentar y saber que talvez moriré intentando que cada palabra que leas en esta carta te llegue y te golpee con la fuerza de un látigo en el cuerpo desnudo de un esclavo, que te hieran con la fuerza de lanzas prehistóricas de los soldados luchaban en las guerras por sus vidas, que te lleguen de manera directa, punzante, veloz y que se queden escritas en tu cuerpo como una prueba de mi existencia y como prueba que no deja dudas, sin el riesgo de que se queden únicamente en los pensamientos, los míos y los tuyos huidizos como son, cobardes como su creador.
Te escribo para decirte que me provocas náusea cuando veo las fotos que guardé de tí, que mi estómago se retuerce y mi mente se marea, para decirte mil veces que eres la representación perfecta de lo más cobarde y la representación perfecta de lo inexplicable, de la acción que no obedece a las palabras, de la mirada que esquiva los ojos, de lo diabólico encarnado en un cuerpo perfecto. Porque lograste que mi corazón saltara cada vez que tu silueta se acercaba, hiciste que cediera espacio al extraño sentimiento del que siempre me burlé, dejé de ser la niña fría, dura y firme para convertirme en una pluma en el viento de tu simple aroma, me convertiste en nada, me transformé en la mujer invisible y te odio por esto, te odio por que convulsionaste mi vida, por que anulaste mi interés por mi misma para convertirme en un perro fiel que cuida de su amo, por que aceleraste mi muerte, por que envejeciste mi alma.
Ojalá que cada palabra que lees en esta carta te arranque el aire como lo hicieron tus mentiras conmigo, ojalá que la vida te condene y te cobre cada uno de tus actos y sobretodo te cobre por la cobardía de abandonar el amor intenso, puro, inmenso, verdadero y apantanarte en un mundo de comodidad, ojalá que la mujer con la que te quedaste se convierta en el ogro de los cuentos de horror y que cada caricia de ella te queme hasta lo más profundo de tus entrañas, ojalá que en verdad un día te enamores como yo de ti y sientas por ella lo mismo que yo por ti, y ella sienta por ti lo mismo que tú por mí, y por último ojalá que vivas mil años envejeciendo y el tiempo no sea indiferente contigo.
Sinceramente, desde la casa blanca a la que un día me abandonaste,
Tu eterno amor
Carta de Amor/Desamor
Por Ángel Grau
Amor de mi vida:
Te mando esta serenata. Mejor dicho, te canto esta serenta yo solito ysin guitarra porque temo que también ella se enamore de ti. Y será unaserenata muda, ni mi voz quiero que se te acerque; ni mi mente tampoco,ni siquiera las letras que sudan mis dedos. Solo el amor que te tengo,que sale del corazón pero también de los poros, de las venas, de loshuesos y de los bellos. Es decir, eres el amor de mi vida o, sea dichocon más verdad, eres la fuente de mi vida. No sé si esto será buenopero solamente estoy conectado a la cordura si me decerebro a tu lado;la magia existe solo en tus ojos y solo por tus ojos puedo hacermemariposa o mariposario; me provocas unos espamos sonrientes que para elresto deben ser maléficos –el goce en esos niveles no es humano-; no hainventado el hombre un alimento tan completamente cómplice con lafelicidad como tu boca; tampoco se ha hallado una catársis de semejanteprofundidad que andar de tu mano por el cielo. No sé si esto serábueno, no sé si valdrá que yo sea tu mellizo y tú seas tan enormementegenerosa de darme pan a pesar de tu hambre, de ahogarme con el agua quete falta, de poner el pecho a las balas por mí y reirte después conternura. Ahora que te llevo esta serenata noto que tengo frío, que mepasan ideas devaluadas por la cabeza, que me pica entre el fin de laespalda y la nalga derecha, que todavía soy capaz de deslagrimarme y dedesleirme de la risa. Noto que me pasan tantas cosas que se sientenhumanas pero que, en el fondo, son divinas porque se explican nada másque por esto que no sé si será bueno.No, no lo sé. Lo que sí sé es nunca me había sentido así de bien, queno quiero sentirme diferente, que estoy satisfecho y con fuerzas paraseguir recorriendo los trechos –pedregosos o levitantes- para llegar atu corazón y darle bienestar. Es mi propósito de fe, no otro.
Amor de mi vida:
Te mando esta serenata. Mejor dicho, te canto esta serenta yo solito ysin guitarra porque temo que también ella se enamore de ti. Y será unaserenata muda, ni mi voz quiero que se te acerque; ni mi mente tampoco,ni siquiera las letras que sudan mis dedos. Solo el amor que te tengo,que sale del corazón pero también de los poros, de las venas, de loshuesos y de los bellos. Es decir, eres el amor de mi vida o, sea dichocon más verdad, eres la fuente de mi vida. No sé si esto será buenopero solamente estoy conectado a la cordura si me decerebro a tu lado;la magia existe solo en tus ojos y solo por tus ojos puedo hacermemariposa o mariposario; me provocas unos espamos sonrientes que para elresto deben ser maléficos –el goce en esos niveles no es humano-; no hainventado el hombre un alimento tan completamente cómplice con lafelicidad como tu boca; tampoco se ha hallado una catársis de semejanteprofundidad que andar de tu mano por el cielo. No sé si esto serábueno, no sé si valdrá que yo sea tu mellizo y tú seas tan enormementegenerosa de darme pan a pesar de tu hambre, de ahogarme con el agua quete falta, de poner el pecho a las balas por mí y reirte después conternura. Ahora que te llevo esta serenata noto que tengo frío, que mepasan ideas devaluadas por la cabeza, que me pica entre el fin de laespalda y la nalga derecha, que todavía soy capaz de deslagrimarme y dedesleirme de la risa. Noto que me pasan tantas cosas que se sientenhumanas pero que, en el fondo, son divinas porque se explican nada másque por esto que no sé si será bueno.No, no lo sé. Lo que sí sé es nunca me había sentido así de bien, queno quiero sentirme diferente, que estoy satisfecho y con fuerzas paraseguir recorriendo los trechos –pedregosos o levitantes- para llegar atu corazón y darle bienestar. Es mi propósito de fe, no otro.
miércoles, 11 de abril de 2007
Carta de Amor/Desamor
Primer acercamiento a la amada
Por El acosador
No me conoces, aunque yo a ti sí. Nos hemos visto varias veces: te he descubierto mirándome en el parque, con tus lentes, acompañada de tus amigas, y seguramente te has dado cuenta de la cara de bobazo que pongo cuando casualmente paso cerca tuyo. ¿Todavía no sabes quién soy? Tal vez recuerdes ese encuentro en la parada del bus, hace algo más de un año. Nos miramos largo y estuve a un paso de acercarme y decirte algo, pero soy tan tímido... Ese momento sentí una necesidad tan grande de morderte los labios, que realmente creí que al menos te diría algo, cualquier cosa... el clima, la hora, alguna pregunta estúpida, tus lentes. No te escribo para contarte estas cosas. La verdad es que no sé bien por qué te escribo...
No sé si llegues a comprender cómo o por qué me gustas tanto. Realmente me gustas. Me derrites cuando te veo sonriéndole a alguien más, cuando te espío por la ventana mientras sales del bar. Y qué decir de esa vez que casi choco contigo al salir corriendo... me moría si terminaba estampado contra tu cuerpo. Si vieras cómo tiemblo cuando estás cerca... ¿Te parece romántico? Por ti podría ser el hombre más romántico que hayas conocido. Lentamente me acercaría a ti, dejaría de lado la maldita timidez que me frena, entraría en tu mundo, aprendería tu vida, te trataría como a una reina y me volvería irresistible, casi tanto como tú. Estoy seguro que podrías quererme, soy un buen tipo, según dicen mis amantes, y haría lo que sea por hacerte feliz. Podría amarte como no has soñado siquiera que alguien te ame. Podría hacer tantas cosas...
Pero... ¿y después? Después de la excitación que causa la llegada de "esa persona" en la vida, después de los besos y las risas, después de compartir tardes hermosas de domingos soleados, después de las canciones, las películas y el alcohol, después de las escapadas y las caricias, después de la pasión y todo el sexo en los hostales... Después llega la rutina con su guadaña y decapita al amor. Seríamos muy felices por un tiempo pero pasaría lo que les pasa las parejas: algo se rompería una mañana y dejarías de sentir el gustito de antaño al despertar a mi lado. Pequeños detalles se transformarían en defectos insoportables, llevándome cada vez más lejos de la perfección que deseas. Y tratarías de acoplarte a la situación, por los viejos buenos tiempos, sólo para darte cuenta que ya no quieres estar a mi lado. Hablaríamos del futuro tratando de pintar de colores la tormenta de nuestras vidas, haciendo planes con la convicción de quien no cree su propia mentira. De vez en cuando volveríamos a hacer el amor y sería triste, casi como caricaturas grotescamente dibujadas. Al terminar volverías a la televisión, yo a mis lecturas, y al apagar la luz lloraríamos en silencio, cada cual por su lado.
Un día, por la piedad de Dios, alguno de los dos se decidiría y terminaría la tortura... la primera mitad de la tortura. Llegaría entonces el tiempo en que todo te recordaría a mí. Al ver una de nuestras películas pensarías en las noches compartidas. En la radio oirías ese tema que tanto me gustaba y sería como una puñalada con saña, y no podrías controlar el llanto cuando, después de alguna fiesta, manos extrañas tocaran tu cuerpo con mi misma dedicación. Alguna madrugada lluviosa tendrías que conformarte con abrazar la almohada porque no tendrías mi cuerpo a mano y ya no disfrutarías de esos despertares con mis labios recorriendo los tuyos. Tu corazón moriría, saldrías a caminar y el odio crecería en tu interior al ver pasar las parejas felices, tan hermosas, tan jóvenes y tan tomadas de las manos.
No es lo que quiero para ti... para nosotros. Si he hablado de lo terrible que sería para ti y no he hablado de mí, es porque seguramente este amor, tu amor, me costaría la vida. Tengo el corazón antigua y recientemente destrozado, listo para dejar de latir con el siguiente par de ojos, sobre todo si son como los tuyos, con esos lentes que te convierten en la diosa de mis sueños. Por eso me despido ahora que todo está bien. El dolor de este adiós va cargado con todo el amor que nunca sentiremos, con el cansancio de la relación que no llegaremos a tener, con la dulzura de los besos que no disfrutaremos.
Adiós, amor. No sientas pena, no sientas resentimiento... No me ames...
Por El acosador
No me conoces, aunque yo a ti sí. Nos hemos visto varias veces: te he descubierto mirándome en el parque, con tus lentes, acompañada de tus amigas, y seguramente te has dado cuenta de la cara de bobazo que pongo cuando casualmente paso cerca tuyo. ¿Todavía no sabes quién soy? Tal vez recuerdes ese encuentro en la parada del bus, hace algo más de un año. Nos miramos largo y estuve a un paso de acercarme y decirte algo, pero soy tan tímido... Ese momento sentí una necesidad tan grande de morderte los labios, que realmente creí que al menos te diría algo, cualquier cosa... el clima, la hora, alguna pregunta estúpida, tus lentes. No te escribo para contarte estas cosas. La verdad es que no sé bien por qué te escribo...
No sé si llegues a comprender cómo o por qué me gustas tanto. Realmente me gustas. Me derrites cuando te veo sonriéndole a alguien más, cuando te espío por la ventana mientras sales del bar. Y qué decir de esa vez que casi choco contigo al salir corriendo... me moría si terminaba estampado contra tu cuerpo. Si vieras cómo tiemblo cuando estás cerca... ¿Te parece romántico? Por ti podría ser el hombre más romántico que hayas conocido. Lentamente me acercaría a ti, dejaría de lado la maldita timidez que me frena, entraría en tu mundo, aprendería tu vida, te trataría como a una reina y me volvería irresistible, casi tanto como tú. Estoy seguro que podrías quererme, soy un buen tipo, según dicen mis amantes, y haría lo que sea por hacerte feliz. Podría amarte como no has soñado siquiera que alguien te ame. Podría hacer tantas cosas...
Pero... ¿y después? Después de la excitación que causa la llegada de "esa persona" en la vida, después de los besos y las risas, después de compartir tardes hermosas de domingos soleados, después de las canciones, las películas y el alcohol, después de las escapadas y las caricias, después de la pasión y todo el sexo en los hostales... Después llega la rutina con su guadaña y decapita al amor. Seríamos muy felices por un tiempo pero pasaría lo que les pasa las parejas: algo se rompería una mañana y dejarías de sentir el gustito de antaño al despertar a mi lado. Pequeños detalles se transformarían en defectos insoportables, llevándome cada vez más lejos de la perfección que deseas. Y tratarías de acoplarte a la situación, por los viejos buenos tiempos, sólo para darte cuenta que ya no quieres estar a mi lado. Hablaríamos del futuro tratando de pintar de colores la tormenta de nuestras vidas, haciendo planes con la convicción de quien no cree su propia mentira. De vez en cuando volveríamos a hacer el amor y sería triste, casi como caricaturas grotescamente dibujadas. Al terminar volverías a la televisión, yo a mis lecturas, y al apagar la luz lloraríamos en silencio, cada cual por su lado.
Un día, por la piedad de Dios, alguno de los dos se decidiría y terminaría la tortura... la primera mitad de la tortura. Llegaría entonces el tiempo en que todo te recordaría a mí. Al ver una de nuestras películas pensarías en las noches compartidas. En la radio oirías ese tema que tanto me gustaba y sería como una puñalada con saña, y no podrías controlar el llanto cuando, después de alguna fiesta, manos extrañas tocaran tu cuerpo con mi misma dedicación. Alguna madrugada lluviosa tendrías que conformarte con abrazar la almohada porque no tendrías mi cuerpo a mano y ya no disfrutarías de esos despertares con mis labios recorriendo los tuyos. Tu corazón moriría, saldrías a caminar y el odio crecería en tu interior al ver pasar las parejas felices, tan hermosas, tan jóvenes y tan tomadas de las manos.
No es lo que quiero para ti... para nosotros. Si he hablado de lo terrible que sería para ti y no he hablado de mí, es porque seguramente este amor, tu amor, me costaría la vida. Tengo el corazón antigua y recientemente destrozado, listo para dejar de latir con el siguiente par de ojos, sobre todo si son como los tuyos, con esos lentes que te convierten en la diosa de mis sueños. Por eso me despido ahora que todo está bien. El dolor de este adiós va cargado con todo el amor que nunca sentiremos, con el cansancio de la relación que no llegaremos a tener, con la dulzura de los besos que no disfrutaremos.
Adiós, amor. No sientas pena, no sientas resentimiento... No me ames...
Carta de Amor/Desamor
Por Icarojr
Una tarde de domingo a la orilla de la 12 octubre con tu nombre en la punta de mi lengua, mientras subías a un Guadalajara.
Te salvaste! Te fuiste! Tomaste la ruta más directa al paradero y me dejaste viéndote borroso a través de las ventanas de mis ojos empañadas de tanto llorar.
No te salves, quédate conmigo. Así rezaba Benedetti la noche que enlazamos juntos las manos bajo aquel farol ¿Te acuerdas? Yo te miraba buscando las estrellas en la profunda oscuridad de tus ojos. Tú recorrías con el índice la página buscando el verso que más te había gustado y repetiste a media voz y muy cerca de mi oído -No salves quédate conmigo-
Yo temblé. Mi cuerpo no respondía a ninguna otra cosa que no fuera tu voz y repetí de la misma manera que tú – No te salves- mientras tu mano se posaba pecaminosa sobre mi muslo bajo mi falda corta. Me besaste tiernamente con la boca a penas abierta y mordiste mi labio sin hacerme daño. En mi mente yo me repetía- por favor no dejes que me salve-
Así que ahora dime, ¿Por qué ahora quieres protegerte? Ahora soy yo quien te pide a la orilla del mismo río…No te salves, por favor no te salves. No me abandones sola en el mundo. Callando todo lo que vivimos y no duermas silencioso mientras el júbilo es cantado por otros.
Ven a mí, descansa en mi regazo con toda la sangre que llevas puesta.
Retorna por la misma calle que te fuiste. Regresa con el mismo amor con que me conociste. Vuelve y no te salves.
Sé que lo que hoy te diga será vano a tus oídos y oscuro a tus ojos. Leerás esta carta como si fuera de la de otra más. Como si el mundo te hubiese absorbido de nuevo y yo solo seré el recuerdo de un fantasma.
Tú irás por ahí pregonado que si fui tuya, que si fuste mío, que si fuimos de nosotros. Bueno ahora somos de otros, dirás.
No entiendes, yo no me quiero salvar y no deseo que te salves. Ver algún lunes el amanecer por entre las hojas de la palmera que da a mi venta y que te quedes conmigo
Una tarde de domingo a la orilla de la 12 octubre con tu nombre en la punta de mi lengua, mientras subías a un Guadalajara.
Te salvaste! Te fuiste! Tomaste la ruta más directa al paradero y me dejaste viéndote borroso a través de las ventanas de mis ojos empañadas de tanto llorar.
No te salves, quédate conmigo. Así rezaba Benedetti la noche que enlazamos juntos las manos bajo aquel farol ¿Te acuerdas? Yo te miraba buscando las estrellas en la profunda oscuridad de tus ojos. Tú recorrías con el índice la página buscando el verso que más te había gustado y repetiste a media voz y muy cerca de mi oído -No salves quédate conmigo-
Yo temblé. Mi cuerpo no respondía a ninguna otra cosa que no fuera tu voz y repetí de la misma manera que tú – No te salves- mientras tu mano se posaba pecaminosa sobre mi muslo bajo mi falda corta. Me besaste tiernamente con la boca a penas abierta y mordiste mi labio sin hacerme daño. En mi mente yo me repetía- por favor no dejes que me salve-
Así que ahora dime, ¿Por qué ahora quieres protegerte? Ahora soy yo quien te pide a la orilla del mismo río…No te salves, por favor no te salves. No me abandones sola en el mundo. Callando todo lo que vivimos y no duermas silencioso mientras el júbilo es cantado por otros.
Ven a mí, descansa en mi regazo con toda la sangre que llevas puesta.
Retorna por la misma calle que te fuiste. Regresa con el mismo amor con que me conociste. Vuelve y no te salves.
Sé que lo que hoy te diga será vano a tus oídos y oscuro a tus ojos. Leerás esta carta como si fuera de la de otra más. Como si el mundo te hubiese absorbido de nuevo y yo solo seré el recuerdo de un fantasma.
Tú irás por ahí pregonado que si fui tuya, que si fuste mío, que si fuimos de nosotros. Bueno ahora somos de otros, dirás.
No entiendes, yo no me quiero salvar y no deseo que te salves. Ver algún lunes el amanecer por entre las hojas de la palmera que da a mi venta y que te quedes conmigo
martes, 10 de abril de 2007
Carta de Amor/Desamor
Por Nur
Con las manos temblorosas
ansiosas de humedad
recreo nuevamente tu imagen en mi memoria
añorando sin descanso tus labios y tu cuerpo
quienes bajo el embrujo de una noche fugaz
profanaron insolentes cada espacio,
cada secreto.
Con la mente aturdida de deseo
tomo una pluma y una hoja en blanco
para plasmar en mis versos
las sensaciones que me embriagan
creyendo ingenuamente que esos versos
calmarán la tormenta que arremete mi cordura
y me condena a vivir atada a esta locura.
Pero esas líneas no bastan
para contener la inmensidad de este amor
de este amor que me consume por dentro…
mis ojos se nublan
y el papel humedece de dolor.
Y simplemente, no estás
no está tu cuerpo cálido cada amanecer
no está tu sonrisa calmada
ni tu taza de café
simplemente no estás
así de sencillo
así de real.
Perdí ya la cuenta
de las madrugadas en vela
escribiendo tu nombre en mi almohada
dibujando corazones en mis recuerdos
repasando de memoria las líneas de tu silueta.
Doblo lentamente la hoja de papel
impregnada de perfume
de carmín y de piel
sello su sobre con un poco de esperanza
y una vez más, el alba se llevará
mi añoranza de volver a verte
encerrada en otra carta de amor.
Con las manos temblorosas
ansiosas de humedad
recreo nuevamente tu imagen en mi memoria
añorando sin descanso tus labios y tu cuerpo
quienes bajo el embrujo de una noche fugaz
profanaron insolentes cada espacio,
cada secreto.
Con la mente aturdida de deseo
tomo una pluma y una hoja en blanco
para plasmar en mis versos
las sensaciones que me embriagan
creyendo ingenuamente que esos versos
calmarán la tormenta que arremete mi cordura
y me condena a vivir atada a esta locura.
Pero esas líneas no bastan
para contener la inmensidad de este amor
de este amor que me consume por dentro…
mis ojos se nublan
y el papel humedece de dolor.
Y simplemente, no estás
no está tu cuerpo cálido cada amanecer
no está tu sonrisa calmada
ni tu taza de café
simplemente no estás
así de sencillo
así de real.
Perdí ya la cuenta
de las madrugadas en vela
escribiendo tu nombre en mi almohada
dibujando corazones en mis recuerdos
repasando de memoria las líneas de tu silueta.
Doblo lentamente la hoja de papel
impregnada de perfume
de carmín y de piel
sello su sobre con un poco de esperanza
y una vez más, el alba se llevará
mi añoranza de volver a verte
encerrada en otra carta de amor.
Carta de Amor/Desamor
Por Nur
En alguna ciudad, en el día, de un año incierto.
A quien corresponda:
Descubrí el amor junto a ti. Me enseñaste que la vida puede ser hermosa si tienes una ilusión que la inspire, si tienes un gran amor que te inunde de sueños el alma. Con tus detalles y tu ternura creaste para mí un mundo fantástico donde tus caricias se convirtieron en la llama que encendió mi hoguera y despertó el volcán que dormía dentro de mí. Tus besos me transportaron fuera del universo, a otra galaxia, donde tu aliento y tu calor eran lo único que podía mantenerme viva. Tu presencia la podía palpar más allá del perfume de tu ropa; más allá de la fotografía del velador, pues estabas presente en mi alma. Tu amor y tu pasión trascienden a cualquier realidad, a cualquier frontera o ley terrenal. Te amo, como nunca soñé siquiera que era posible. Y no se equivocan cuando dicen que habría que crear un lenguaje nuevo que pueda definir al amor. Las palabras no bastan para expresar lo que llevo dentro y es que, cómo transmitir este sentimiento, sino con la piel, con el corazón, con todo el ser.
Aún recuerdo cuando te conocí, me conquistaste con tus detalles, con tu sonrisa, con tus gestos, con esa manera tuya de amarme. Y desde entonces, empezamos a escribir juntos la misma historia; viviendo intensamente cada página, cada párrafo, cada instante; memorizando las mil y una estrellas que cobijaban nuestro lecho; escapando como dos fugitivos de lo cotidiano para inventar un lugar único donde amarnos plenamente. Nuestros momentos han sido más que simples horas de placer, más que la sola satisfacción de los instintos porque al desnudarnos, desnudamos también el alma.
En el sendero que hemos recorrido, nunca nos detuvimos para voltear hacia el pasado porque nuestra unión no está definida por el tiempo ni el espacio, sino por la sensualidad que entregamos al amarnos. Tú, has sido puerto seguro para mi barca, nido para mis alas, tierra firme para mi casa. Yo, he nacido cada día para morir cada noche en tu cuerpo, he sido prisionera de tus manos para ser libre en la profundidad de tus labios, he sido niña para ser mujer en tus brazos.
Somos, dos seres afines en cuerpo y mente; dos espíritus fundidos en la misma piel; dos locos de amor que han jurado amarse, más allá de la misma muerte.
Te amo,
Nur
En alguna ciudad, en el día, de un año incierto.
A quien corresponda:
Descubrí el amor junto a ti. Me enseñaste que la vida puede ser hermosa si tienes una ilusión que la inspire, si tienes un gran amor que te inunde de sueños el alma. Con tus detalles y tu ternura creaste para mí un mundo fantástico donde tus caricias se convirtieron en la llama que encendió mi hoguera y despertó el volcán que dormía dentro de mí. Tus besos me transportaron fuera del universo, a otra galaxia, donde tu aliento y tu calor eran lo único que podía mantenerme viva. Tu presencia la podía palpar más allá del perfume de tu ropa; más allá de la fotografía del velador, pues estabas presente en mi alma. Tu amor y tu pasión trascienden a cualquier realidad, a cualquier frontera o ley terrenal. Te amo, como nunca soñé siquiera que era posible. Y no se equivocan cuando dicen que habría que crear un lenguaje nuevo que pueda definir al amor. Las palabras no bastan para expresar lo que llevo dentro y es que, cómo transmitir este sentimiento, sino con la piel, con el corazón, con todo el ser.
Aún recuerdo cuando te conocí, me conquistaste con tus detalles, con tu sonrisa, con tus gestos, con esa manera tuya de amarme. Y desde entonces, empezamos a escribir juntos la misma historia; viviendo intensamente cada página, cada párrafo, cada instante; memorizando las mil y una estrellas que cobijaban nuestro lecho; escapando como dos fugitivos de lo cotidiano para inventar un lugar único donde amarnos plenamente. Nuestros momentos han sido más que simples horas de placer, más que la sola satisfacción de los instintos porque al desnudarnos, desnudamos también el alma.
En el sendero que hemos recorrido, nunca nos detuvimos para voltear hacia el pasado porque nuestra unión no está definida por el tiempo ni el espacio, sino por la sensualidad que entregamos al amarnos. Tú, has sido puerto seguro para mi barca, nido para mis alas, tierra firme para mi casa. Yo, he nacido cada día para morir cada noche en tu cuerpo, he sido prisionera de tus manos para ser libre en la profundidad de tus labios, he sido niña para ser mujer en tus brazos.
Somos, dos seres afines en cuerpo y mente; dos espíritus fundidos en la misma piel; dos locos de amor que han jurado amarse, más allá de la misma muerte.
Te amo,
Nur
Biografía
Eugenia de la Lluvia
Por: Zeta (volví a nacer)
Eugenia Montesdeoca Llanos nació el 14 de junio del 1984, un día lluvioso en medio de gritos, viento, y ruido y fue abandonada por su madre en el horfanatorio del lugar. El hospital se había inundado como consecuencia de las fuertes lluvias que caían sobre el lugar en los últimos 7 días en una muestra más del cambio climático del planeta, todas las salas de atención estaban inundadas y la sala de partos no se salvó. Eugenia nació en un pueblo lejano del Oriente del país. Indiferente y confundiendo el agua del lugar con el agua del vientre de su madre no recordará este momento gracias a la sabiduría de la naturaleza.
La particularidad de los hechos de su nacimiento la marcó, todo el pueblo sabía que la única niña que nació aquel día en que no solo el hospital se inundó era Eugenia y por esto le temían pues parecía que ella tenía alguna conexión maligna con la lluvia. Estudió en una escuela rural que a pesar de los arreglos, cada vez que llovía tenía goteras por todas partes y en especial en el aula de Eugenia. La casa del horfanatorio estaba ubicada junto a un arroyo de los pocos que todavía tenían agua semi-limpia. Ya casi todos los ríos, arroyos y fuentes naturales de agua de los pueblos cercanos estaban contagiados por el natural desarrollo de las ciudades que hicieron que el mundo entero sufra de falta de agua, en otras palabras estaban secos, con excepción del arroyo de la casa de Eugenia.
Al cumplir 14 años, Eugenia termina la primaria luego de haber acudido a las clases en su escuela de manera irregular. La edad era ya suficiente para que ella buscara sus propios ingresos por lo que abandonó su pueblo en busca de mejores oportunidades. Su falta de experiencia y talvez el destino provocó que tomara el bus equivocado y fuera a parar a un pueblo tan pobre como el suyo, con la diferencia de que este se encontraba junto al mar, soleado la mayor parte del tiempo y lleno de un ruido diferente al de la lluvia a la que estaba acostumbrada, el ruido de la música propia de estos lugares que por el sol y el mar de alguna manera tenían la sal que su pueblo no tenía.
El mar era la fuente de alimentos de aquel lugar al que el destino la llevó, y se convirtió en su fuente de vida y sueños, su mejor escuela, tanta agua junta de alguna manera le decía que ella nació para estar junto a ella. Pudo encontrar trabajo en un restaurante y se quedó ahí hasta los 18 años, pero como nos debimos imaginar, desde que llegó a aquel pueblo, la lluvia empezó y no cesó. Ella por su lado sonreía cada vez que veía esos reportajes en el viejo televisor del lugar en los que el mundo entero se preocupaba por la escasez de agua dulce y a la vez pueblos enteros desaparecían por consecuencia aparentemente del desequilibrio ecológico, entre ellos el pueblo en el que había nacido que apenas ella lo abandonó fue víctima de los más fuertes huracanes y lluvias que se habían presentado en las últimas épocas en el país.
En noviembre del 2002 Eugenia decide abandonar el pueblo de pescadores en una pequeña embarcación y se dirige a una Isla llamada la Isla de sal que está a una hora mar adentro. A la mitad del camino una fuerte tormenta cae en varios kilómetros a la redonda, los sonidos que Eugenia escucha esta vez rompen la indiferencia con la que había vivido, cuando ella logra regresar a ver al pueblo que acababa de abandonar, se pudo percatar de que este prácticamente había desaparecido y aquellos miedos que siempre trató de ingnorar la atrapaban junto a los brazos del mar.
Cuenta la historia que en el mes de noviembre del 2002, el mar se la llevó para siempre y el sol volvió a salir en el pueblo de pescadores. Los turistas volvieron y la historia de Eugenia de la lluvia se escucha en el pueblo donde ella nació y se repite en el lugar donde murió.
Por: Zeta (volví a nacer)
Eugenia Montesdeoca Llanos nació el 14 de junio del 1984, un día lluvioso en medio de gritos, viento, y ruido y fue abandonada por su madre en el horfanatorio del lugar. El hospital se había inundado como consecuencia de las fuertes lluvias que caían sobre el lugar en los últimos 7 días en una muestra más del cambio climático del planeta, todas las salas de atención estaban inundadas y la sala de partos no se salvó. Eugenia nació en un pueblo lejano del Oriente del país. Indiferente y confundiendo el agua del lugar con el agua del vientre de su madre no recordará este momento gracias a la sabiduría de la naturaleza.
La particularidad de los hechos de su nacimiento la marcó, todo el pueblo sabía que la única niña que nació aquel día en que no solo el hospital se inundó era Eugenia y por esto le temían pues parecía que ella tenía alguna conexión maligna con la lluvia. Estudió en una escuela rural que a pesar de los arreglos, cada vez que llovía tenía goteras por todas partes y en especial en el aula de Eugenia. La casa del horfanatorio estaba ubicada junto a un arroyo de los pocos que todavía tenían agua semi-limpia. Ya casi todos los ríos, arroyos y fuentes naturales de agua de los pueblos cercanos estaban contagiados por el natural desarrollo de las ciudades que hicieron que el mundo entero sufra de falta de agua, en otras palabras estaban secos, con excepción del arroyo de la casa de Eugenia.
Al cumplir 14 años, Eugenia termina la primaria luego de haber acudido a las clases en su escuela de manera irregular. La edad era ya suficiente para que ella buscara sus propios ingresos por lo que abandonó su pueblo en busca de mejores oportunidades. Su falta de experiencia y talvez el destino provocó que tomara el bus equivocado y fuera a parar a un pueblo tan pobre como el suyo, con la diferencia de que este se encontraba junto al mar, soleado la mayor parte del tiempo y lleno de un ruido diferente al de la lluvia a la que estaba acostumbrada, el ruido de la música propia de estos lugares que por el sol y el mar de alguna manera tenían la sal que su pueblo no tenía.
El mar era la fuente de alimentos de aquel lugar al que el destino la llevó, y se convirtió en su fuente de vida y sueños, su mejor escuela, tanta agua junta de alguna manera le decía que ella nació para estar junto a ella. Pudo encontrar trabajo en un restaurante y se quedó ahí hasta los 18 años, pero como nos debimos imaginar, desde que llegó a aquel pueblo, la lluvia empezó y no cesó. Ella por su lado sonreía cada vez que veía esos reportajes en el viejo televisor del lugar en los que el mundo entero se preocupaba por la escasez de agua dulce y a la vez pueblos enteros desaparecían por consecuencia aparentemente del desequilibrio ecológico, entre ellos el pueblo en el que había nacido que apenas ella lo abandonó fue víctima de los más fuertes huracanes y lluvias que se habían presentado en las últimas épocas en el país.
En noviembre del 2002 Eugenia decide abandonar el pueblo de pescadores en una pequeña embarcación y se dirige a una Isla llamada la Isla de sal que está a una hora mar adentro. A la mitad del camino una fuerte tormenta cae en varios kilómetros a la redonda, los sonidos que Eugenia escucha esta vez rompen la indiferencia con la que había vivido, cuando ella logra regresar a ver al pueblo que acababa de abandonar, se pudo percatar de que este prácticamente había desaparecido y aquellos miedos que siempre trató de ingnorar la atrapaban junto a los brazos del mar.
Cuenta la historia que en el mes de noviembre del 2002, el mar se la llevó para siempre y el sol volvió a salir en el pueblo de pescadores. Los turistas volvieron y la historia de Eugenia de la lluvia se escucha en el pueblo donde ella nació y se repite en el lugar donde murió.
miércoles, 4 de abril de 2007
Biografía
Reymundo Santos Gangotena, abogado
Por: se olvidó de mandar el seudónimo
Horrible, húmedo, negro y arrugado. –Es una preciosura!- Decía su abuela al verlo por primera vez casi sin identificarlo en la hilera de guaguas que habían llegado al mundo esa mañana en la maternidad.
Su primera pulsera lo identificaba. Escrito a mano, en azul, decía claramente Reymundo Santos.
Con destreza magistral las enfermeras del recinto hospitalario llevaban uno a uno a los bebés fresquitos donde sus orgullosas madres. Sonrisa entregaba, sonrisa recibía, a nadie le importaba la sinfonía escandalosa y desafinada que bullía desde las incubadoras hasta el corredor blanquecino.
Digno de su alcurnia, doña Mercedes Gangotena de Santos disponía de una habitación pulcra, alimentada de los mejores aditamentos de bienestar que se podía ofrecer en aquellos tiempos de dictadura para el confort de las partientas: bacinilla de bronce, escupidero de plata, cobija tejida a mano, chancletas de hule para el baño y pantuflas de oveja para las obligatorias caminatas de reposición por el pasillo.
Ramilletes de los más floridos descansaban en la mesita de comer, junto a la sopa fría de pollo, al puré con carne y a la gelatina que doña Mercedes dejó a medio camino ya que su repulsión y sus náuseas no permitían que bocado alguno pase por sus sistema.
Y es que su caso, médico, fue bastante sui géneris para los doctores. Si bien los gritos de dolor de las primerizas son comunes ya entre los galenos y sus ayudantes, los de doña Mercedes eran verdaderamente aterradores. Carmita, la enfermera más antigua del hospital tuvo que ser llevada de urgencias a una clínica privada para tratarle la profunda sordera que le causaron los aullidos de Mercedes Gangotena. A dos auxiliares más se les atendió en la misma maternidad de los profundos aruñazos que recibieron sus brazos y que necesitaron sutura. Jaime Costales, el médico de turno fue el único beneficiado con el bochinche ya que la certera patada que recibió de doña Mercedes le ayudó a expulsar la muela del juicio que lo atormentaba desde hace semanas.
Y es que Reymundito, como lo llamaban en la casa su madre, tías y abuelas siempre fue un dolor de cabeza.
En el Centro Especializado en atención para infantes, como su madre llamaba a la guardería en la que el guagua creció en sus primeros años, causó varios traumas. Todos sus compañeritos crecerían con horror al fútbol, a las cogidas, a subirse a una bicicleta, a bañarse en una piscina, a las fiestas de cumpleaños y a los regalos de navidad. Y otros con fobia a todos, a los perros, a los gatos, a los conejos, pero sobre todo a los niños. Después de sus años junto a Reymundito nunca fueron los mismos.
En la escuela y el colegio, sus padres, aunque siempre reacios a los cambios modernos, optaron por uno, de esos pocos católicos mixtos, regido por monjas canadienses. Ahí las de los traumas fueron las niñas. Todas ahora odian a los hombres.
Más que el Mercedes gris año 81 que decoraba la cochera de los Santos Gangotena costó el título de abogado de la República al que accedió Reymundito y con el que gracias a los favores que los encopetados de derecha debían a su padre llegó hasta lo más alto de la judicatura.
El Ministro Juez Santos Gangotena dirige desde allí, durante las dos horas que asiste y por las que gana setecientos salarios mínimos al mes, las riendas de una de las organizaciones más respetables y despreciables de la sociedad quiteña.
Son las 11:00 de un martes cualquiera, un chirrido de llantas suena frente al edificio central del Ministerio Fiscal. Jacinto Nazareno, regordete y atemorizante moreno oriundo de San Lorenzo se baja con prisa del sedan de vidrios polarizados y mientras cruza por detrás del auto elegantemente abotona su chaqueta que se explota por el enorme vientre. Abre la puerta y como en cámara lenta, salido de película de gansters desciende Reymundito, a quien sólo le gusta que lo llame así la Patricia Meza, esbelta montubia que conoció en el Café Rojo. Cuatro pelos al viento, que se revelan de la raya junto a la oreja que se hace todas las mañanas cuando se peina, dejan ver que la redondez de su calva es casi tan perfecta como la de su panza. Nunca faltan las gafas Rayband, compradas en unas vacaciones en Atacames, botas vaqueras negras, punta de alfiler, con un trébol bordado, son las compañeras ideales de los casimires que le fabrica Teodoro Coello, un sastre de la vuelta del recinto judicial y con los que Reymundito se siente dueño del mundo.
Doctor!, buenas doctor!, doctor que gusto!, saludan hipócritas todos los acólitos de la judicatura.
De cuatro escritorios perfectamente distribuidos en un cuarto beige, todos con sus respectivas máquinas de escribir marca Brother y con pilas de juicios que parecen edificios, salen José Enríquez, Eugenio Nieto, Ángel Esterillas y Carmen (Carmita para el jefe) Cárdenas, que trabajan años junto a Reymundito, desde que es Ministro juez, y quienes acumulan traumas dignos de un filme alleniano.
Raymundo entra, se levantan en fila militar, todos al unísono: doctor buenas! mientras Carmita, coqueta con su minifalda, le sirve el café y el periódico. Él la pellizca justo en el terciopelo de la falta y le lanza un guiño matador, como todos los días.
El tronar de la mecanografía invade de apoco la oficina nuevamente, Reymundito se acomoda, deja el maletín a un lado de su sillón, sorbe su café, su vista se sumerge en lo interesante del titular “Atrapan a marido celoso que mató a su mujer con navaja de afeitar” y el sueño y el calor de la mañana se apoderan de él. Sus ronquidos serán disimulados por sus acólitos con un tecleo desesperado. Esa será la clave para Jacinto.
Son las 11:05, así es la rutina, Jacinto se parará en la puerta y con la inexplicable frase de “no hay sistema” no dejará que ningún entrometido intente sacar un juicio mientras las miradas de los cuatro escritorios se posan hipnóticas en la telenovela.
Reymundito sueña, sueña con aquel día en el que le entregaron la placa nuevita que hay sobre la mesa: “A Raymundo Santos Gangotena, por sus 25 años al servicio de la patria, sus compañeros los judiciales”.
Por: se olvidó de mandar el seudónimo
Horrible, húmedo, negro y arrugado. –Es una preciosura!- Decía su abuela al verlo por primera vez casi sin identificarlo en la hilera de guaguas que habían llegado al mundo esa mañana en la maternidad.
Su primera pulsera lo identificaba. Escrito a mano, en azul, decía claramente Reymundo Santos.
Con destreza magistral las enfermeras del recinto hospitalario llevaban uno a uno a los bebés fresquitos donde sus orgullosas madres. Sonrisa entregaba, sonrisa recibía, a nadie le importaba la sinfonía escandalosa y desafinada que bullía desde las incubadoras hasta el corredor blanquecino.
Digno de su alcurnia, doña Mercedes Gangotena de Santos disponía de una habitación pulcra, alimentada de los mejores aditamentos de bienestar que se podía ofrecer en aquellos tiempos de dictadura para el confort de las partientas: bacinilla de bronce, escupidero de plata, cobija tejida a mano, chancletas de hule para el baño y pantuflas de oveja para las obligatorias caminatas de reposición por el pasillo.
Ramilletes de los más floridos descansaban en la mesita de comer, junto a la sopa fría de pollo, al puré con carne y a la gelatina que doña Mercedes dejó a medio camino ya que su repulsión y sus náuseas no permitían que bocado alguno pase por sus sistema.
Y es que su caso, médico, fue bastante sui géneris para los doctores. Si bien los gritos de dolor de las primerizas son comunes ya entre los galenos y sus ayudantes, los de doña Mercedes eran verdaderamente aterradores. Carmita, la enfermera más antigua del hospital tuvo que ser llevada de urgencias a una clínica privada para tratarle la profunda sordera que le causaron los aullidos de Mercedes Gangotena. A dos auxiliares más se les atendió en la misma maternidad de los profundos aruñazos que recibieron sus brazos y que necesitaron sutura. Jaime Costales, el médico de turno fue el único beneficiado con el bochinche ya que la certera patada que recibió de doña Mercedes le ayudó a expulsar la muela del juicio que lo atormentaba desde hace semanas.
Y es que Reymundito, como lo llamaban en la casa su madre, tías y abuelas siempre fue un dolor de cabeza.
En el Centro Especializado en atención para infantes, como su madre llamaba a la guardería en la que el guagua creció en sus primeros años, causó varios traumas. Todos sus compañeritos crecerían con horror al fútbol, a las cogidas, a subirse a una bicicleta, a bañarse en una piscina, a las fiestas de cumpleaños y a los regalos de navidad. Y otros con fobia a todos, a los perros, a los gatos, a los conejos, pero sobre todo a los niños. Después de sus años junto a Reymundito nunca fueron los mismos.
En la escuela y el colegio, sus padres, aunque siempre reacios a los cambios modernos, optaron por uno, de esos pocos católicos mixtos, regido por monjas canadienses. Ahí las de los traumas fueron las niñas. Todas ahora odian a los hombres.
Más que el Mercedes gris año 81 que decoraba la cochera de los Santos Gangotena costó el título de abogado de la República al que accedió Reymundito y con el que gracias a los favores que los encopetados de derecha debían a su padre llegó hasta lo más alto de la judicatura.
El Ministro Juez Santos Gangotena dirige desde allí, durante las dos horas que asiste y por las que gana setecientos salarios mínimos al mes, las riendas de una de las organizaciones más respetables y despreciables de la sociedad quiteña.
Son las 11:00 de un martes cualquiera, un chirrido de llantas suena frente al edificio central del Ministerio Fiscal. Jacinto Nazareno, regordete y atemorizante moreno oriundo de San Lorenzo se baja con prisa del sedan de vidrios polarizados y mientras cruza por detrás del auto elegantemente abotona su chaqueta que se explota por el enorme vientre. Abre la puerta y como en cámara lenta, salido de película de gansters desciende Reymundito, a quien sólo le gusta que lo llame así la Patricia Meza, esbelta montubia que conoció en el Café Rojo. Cuatro pelos al viento, que se revelan de la raya junto a la oreja que se hace todas las mañanas cuando se peina, dejan ver que la redondez de su calva es casi tan perfecta como la de su panza. Nunca faltan las gafas Rayband, compradas en unas vacaciones en Atacames, botas vaqueras negras, punta de alfiler, con un trébol bordado, son las compañeras ideales de los casimires que le fabrica Teodoro Coello, un sastre de la vuelta del recinto judicial y con los que Reymundito se siente dueño del mundo.
Doctor!, buenas doctor!, doctor que gusto!, saludan hipócritas todos los acólitos de la judicatura.
De cuatro escritorios perfectamente distribuidos en un cuarto beige, todos con sus respectivas máquinas de escribir marca Brother y con pilas de juicios que parecen edificios, salen José Enríquez, Eugenio Nieto, Ángel Esterillas y Carmen (Carmita para el jefe) Cárdenas, que trabajan años junto a Reymundito, desde que es Ministro juez, y quienes acumulan traumas dignos de un filme alleniano.
Raymundo entra, se levantan en fila militar, todos al unísono: doctor buenas! mientras Carmita, coqueta con su minifalda, le sirve el café y el periódico. Él la pellizca justo en el terciopelo de la falta y le lanza un guiño matador, como todos los días.
El tronar de la mecanografía invade de apoco la oficina nuevamente, Reymundito se acomoda, deja el maletín a un lado de su sillón, sorbe su café, su vista se sumerge en lo interesante del titular “Atrapan a marido celoso que mató a su mujer con navaja de afeitar” y el sueño y el calor de la mañana se apoderan de él. Sus ronquidos serán disimulados por sus acólitos con un tecleo desesperado. Esa será la clave para Jacinto.
Son las 11:05, así es la rutina, Jacinto se parará en la puerta y con la inexplicable frase de “no hay sistema” no dejará que ningún entrometido intente sacar un juicio mientras las miradas de los cuatro escritorios se posan hipnóticas en la telenovela.
Reymundito sueña, sueña con aquel día en el que le entregaron la placa nuevita que hay sobre la mesa: “A Raymundo Santos Gangotena, por sus 25 años al servicio de la patria, sus compañeros los judiciales”.
Biografía
Casi condenado
por (If you want me, come and claim me)
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento.
He mentido, sí. Proferí blasfemias y palabras malignas... o no tan malignas pero tampoco benignas. Manipulé la realidad para obtener ganancia, para aprovecharme de la gente y de las circunstancias. Y dilapidé las ganancias que obtuve, sin mucha razón, como si no hubiera habido gente necesitada para regalárselas.
Dije cosas que hirieron y sonreí con el resultado. Me burlé de las viejas en los supermercados cuando tapaban el paso con sus carritos, y de mis amigos cuando cometían algún error. Prometí y prometí pero nunca de corazón, siempre con plena conciencia de que no iba a cumplir. Hice tratos con la gente, buenos tratos que no cumplí, buena gente que no respeté.
Me libré de responsabilidades para dedicarme al ocio y los placeres. Bebí y bebí hasta enfermar, hasta ubicar mi conciencia en un lugar inalcanzable, y mantuve importantes conversaciones que al otro día no podía recordar. Vagué atemorizante y alcoholizado por las calles casi vacías, ensuciando con mi orina las esquinas. Vomité en las casas, arruiné las fiestas, ensucié las ropas, golpeé a las personas y no hubo chuchaqui que me haga arrepentir de haberlo hecho.
Me bañé con el sudor de mujeres que no amaba. Exploré sus cuerpos con lascivia, sus bocas me recorrieron entero, mi lengua aprendió sus caminos, expulsé mi semen en su interior, las obligué a hacer cosas que no querían o que simplemente sus cuerpos no eran capaces de hacer, y todo gracias al amor que fingí sentir por ellas... Ellas, mujeres si nombres, pues se perdieron junto con su decencia.
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento y eso será pronto. Ya estoy viejo y estoy cansado. Sé que no falta mucho para que la muerte quiera ser mi amante y trate de llevarme a dormir en su cama. Cuando eso suceda tendré que arrepentirme de mis errores e implorar la absolución de Dios. Me arrodillaré y suplicaré para, gracias a su infinita misericordia, obtener el perdón divino que me permita disfrutar de otra vida. No sé si así funcione lo de la vida eterna, pero tengo que reencarnar más adelante -es una necesidad- porque me faltan cosas por hacer.
Hay mentiras que no pude decir, ganancias ilícitas de las que no disfruté, gente a la que no traicioné, promesas que no tuve oportunidad de ignorar, bebidas que no saboreé. Pero, por sobre todas las cosas, la eternidad me espera para conocer esos labios que no pude besar, esos cuerpos que no pude tocar, esas mujeres sobre las que no pude cometer los máximos excesos... Porque, tal vez, si se me otorgan las vidas necesarias, pueda conocer a aquélla que me haga sentir eso que llaman amor.
por (If you want me, come and claim me)
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento.
He mentido, sí. Proferí blasfemias y palabras malignas... o no tan malignas pero tampoco benignas. Manipulé la realidad para obtener ganancia, para aprovecharme de la gente y de las circunstancias. Y dilapidé las ganancias que obtuve, sin mucha razón, como si no hubiera habido gente necesitada para regalárselas.
Dije cosas que hirieron y sonreí con el resultado. Me burlé de las viejas en los supermercados cuando tapaban el paso con sus carritos, y de mis amigos cuando cometían algún error. Prometí y prometí pero nunca de corazón, siempre con plena conciencia de que no iba a cumplir. Hice tratos con la gente, buenos tratos que no cumplí, buena gente que no respeté.
Me libré de responsabilidades para dedicarme al ocio y los placeres. Bebí y bebí hasta enfermar, hasta ubicar mi conciencia en un lugar inalcanzable, y mantuve importantes conversaciones que al otro día no podía recordar. Vagué atemorizante y alcoholizado por las calles casi vacías, ensuciando con mi orina las esquinas. Vomité en las casas, arruiné las fiestas, ensucié las ropas, golpeé a las personas y no hubo chuchaqui que me haga arrepentir de haberlo hecho.
Me bañé con el sudor de mujeres que no amaba. Exploré sus cuerpos con lascivia, sus bocas me recorrieron entero, mi lengua aprendió sus caminos, expulsé mi semen en su interior, las obligué a hacer cosas que no querían o que simplemente sus cuerpos no eran capaces de hacer, y todo gracias al amor que fingí sentir por ellas... Ellas, mujeres si nombres, pues se perdieron junto con su decencia.
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento y eso será pronto. Ya estoy viejo y estoy cansado. Sé que no falta mucho para que la muerte quiera ser mi amante y trate de llevarme a dormir en su cama. Cuando eso suceda tendré que arrepentirme de mis errores e implorar la absolución de Dios. Me arrodillaré y suplicaré para, gracias a su infinita misericordia, obtener el perdón divino que me permita disfrutar de otra vida. No sé si así funcione lo de la vida eterna, pero tengo que reencarnar más adelante -es una necesidad- porque me faltan cosas por hacer.
Hay mentiras que no pude decir, ganancias ilícitas de las que no disfruté, gente a la que no traicioné, promesas que no tuve oportunidad de ignorar, bebidas que no saboreé. Pero, por sobre todas las cosas, la eternidad me espera para conocer esos labios que no pude besar, esos cuerpos que no pude tocar, esas mujeres sobre las que no pude cometer los máximos excesos... Porque, tal vez, si se me otorgan las vidas necesarias, pueda conocer a aquélla que me haga sentir eso que llaman amor.
Biografía
La niña Chacha
por Ángel Grau
La casa esquinera señorial, mantenida, reconocida por todos como un referente del barrio, hervía. Hervía de verdad, las cuatro grandes ollas en las que se preparaba las sopas de arroz de cebada para la cena de los lunes ahora bullían de agua, el fuego la purificaba, la transparentaba, asesinaba a esos bichos feos que habitan las aguas deese que nunca se sabrá si es un flujo permante de aguas puras venidas del páramo o una colada de miserias fecales.
Pero no había más. Se debía hervir, lo había dicho la abuela, por cuatro horas o 7 atados de leña, lo que sucediera primero, y entonces estaría lista.
En el tercer piso, la madre gritaba fuerte. Nada se parece al grito de una madre primeriza; se compone de 25 por ciento de dolor, 25 por ciento de esperanza, 25 por ciento de fuerza y 25 por ciento de amor. Se había quejado las últimas ocho horas de dolores, habían mandando llamar a la partera hace 2, habían acudido las 7 tías hace media hora yel padre había mandado a decir que le avisaran cuando hubiera nacido la criatura. Lo cual sucedió, según quedó marcado en el reloj cucú, a las tres de latarde y ocho minutos.
Sucedió que apareció la cabeza y luego el cuerpo de un varón, quien gritó muy fuerte pero no lloró. A las tres de la tarde y 14 minutos lloró una niñita.
El mundo está dividido en varonesy niñitas. El padre llegó cerca de las ocho de la noche con olor alicor de anís y un trío de lagarteros, la madre lloró de la rabia porque solo quería descansar de la jornada. Borracho como terminó a las 10 de la noche, hacía esfuerzos ridículos por convencer a su mujer de encargar al tercero esa misma noche. Llanto sobre el difunto, como decía la tía Esperanza. Durmió en una de las 6habitaciones de la casona, que no en la matrimonial. Ni esa noche ninunca más.
Yo soy la menor de la familia y me bautizaron con el primer nombre de mis abuelas y de mi madre (Rebeca Caridad Irma). Enseguida, sinsaberlo, fui la mayor e hija única, el flojo de mi hermano no diotiempo ni para el bautizo, se saltó sin arrogancia a la extrema unsión. Por eso, he debido cargar con todo. Ocurridos como son todos por aquí,jamás me llamaron por ninguno de los tres nombres, siempre he sido la Chacha, la niña Chacha, la verdad. No tiene mucho misterio esto, mi papá nunca fue tal porque en la casano había el varón heredero, es decir, no había hijo para él; pero para mamá y el resto del planeta era una princesa que asumiría pronto la conducción del mundo matriarcal que añoraban, los ovarios al poder. Y yo los tenía. Los usaba, además usaba los encantos recibidos o meinventaba otros para tener a todos como ladillas.
Recuerdo haber sido atendido por el doctor varias veces los lunes. Mi padre me llevaba de la mano a misa y me traía de la mano de la misa ycomo yo no era el varoncito de sus ojos me apretaba tanto la mano queel doctor debía administrarme un ungüento de matico para que laextremidad recuperara la circulación. Recuerdo también al doctor un díaque me fue a atender porque, según mi padre, tenía un derrame. Ese día enterramos a mi madre y mi padre notó los trazos rojos, pero el enrojeció más cuando el doctor le dijo que era mi primera mensutruación.
Yo se que es muy pronto para escribir mi biografía, soy muy joven, pero ya tuve mi primera menstruación, lo que me da el derecho de sentarme en la mesa grande y hablar de mí misma. El derecho para la biografía uno se lo gana con sangre.
por Ángel Grau
La casa esquinera señorial, mantenida, reconocida por todos como un referente del barrio, hervía. Hervía de verdad, las cuatro grandes ollas en las que se preparaba las sopas de arroz de cebada para la cena de los lunes ahora bullían de agua, el fuego la purificaba, la transparentaba, asesinaba a esos bichos feos que habitan las aguas deese que nunca se sabrá si es un flujo permante de aguas puras venidas del páramo o una colada de miserias fecales.
Pero no había más. Se debía hervir, lo había dicho la abuela, por cuatro horas o 7 atados de leña, lo que sucediera primero, y entonces estaría lista.
En el tercer piso, la madre gritaba fuerte. Nada se parece al grito de una madre primeriza; se compone de 25 por ciento de dolor, 25 por ciento de esperanza, 25 por ciento de fuerza y 25 por ciento de amor. Se había quejado las últimas ocho horas de dolores, habían mandando llamar a la partera hace 2, habían acudido las 7 tías hace media hora yel padre había mandado a decir que le avisaran cuando hubiera nacido la criatura. Lo cual sucedió, según quedó marcado en el reloj cucú, a las tres de latarde y ocho minutos.
Sucedió que apareció la cabeza y luego el cuerpo de un varón, quien gritó muy fuerte pero no lloró. A las tres de la tarde y 14 minutos lloró una niñita.
El mundo está dividido en varonesy niñitas. El padre llegó cerca de las ocho de la noche con olor alicor de anís y un trío de lagarteros, la madre lloró de la rabia porque solo quería descansar de la jornada. Borracho como terminó a las 10 de la noche, hacía esfuerzos ridículos por convencer a su mujer de encargar al tercero esa misma noche. Llanto sobre el difunto, como decía la tía Esperanza. Durmió en una de las 6habitaciones de la casona, que no en la matrimonial. Ni esa noche ninunca más.
Yo soy la menor de la familia y me bautizaron con el primer nombre de mis abuelas y de mi madre (Rebeca Caridad Irma). Enseguida, sinsaberlo, fui la mayor e hija única, el flojo de mi hermano no diotiempo ni para el bautizo, se saltó sin arrogancia a la extrema unsión. Por eso, he debido cargar con todo. Ocurridos como son todos por aquí,jamás me llamaron por ninguno de los tres nombres, siempre he sido la Chacha, la niña Chacha, la verdad. No tiene mucho misterio esto, mi papá nunca fue tal porque en la casano había el varón heredero, es decir, no había hijo para él; pero para mamá y el resto del planeta era una princesa que asumiría pronto la conducción del mundo matriarcal que añoraban, los ovarios al poder. Y yo los tenía. Los usaba, además usaba los encantos recibidos o meinventaba otros para tener a todos como ladillas.
Recuerdo haber sido atendido por el doctor varias veces los lunes. Mi padre me llevaba de la mano a misa y me traía de la mano de la misa ycomo yo no era el varoncito de sus ojos me apretaba tanto la mano queel doctor debía administrarme un ungüento de matico para que laextremidad recuperara la circulación. Recuerdo también al doctor un díaque me fue a atender porque, según mi padre, tenía un derrame. Ese día enterramos a mi madre y mi padre notó los trazos rojos, pero el enrojeció más cuando el doctor le dijo que era mi primera mensutruación.
Yo se que es muy pronto para escribir mi biografía, soy muy joven, pero ya tuve mi primera menstruación, lo que me da el derecho de sentarme en la mesa grande y hablar de mí misma. El derecho para la biografía uno se lo gana con sangre.
martes, 20 de marzo de 2007
Dibujo de mi vida
Dibujo de mi vida
por Jaspia
Llegué a la ciudad hace 75 años, es decir cuando yo tenía 8. Mi padre nos abandonó, desapareció en medio de los paisajes andinos de Saquisilí, sin dejar mayor rastro que unos zapatos viejos, destapados por delante. Mi madre se llamaba Victoria, mi hermana menor Benigna, mi hermano mayor Alfredo, todos ya han muerto, sólo quedó yo. Soy Laura.
Recuerdo mis primeros ocho años, rodeada de pastizales, ganado y árboles de capulí. Me comía tantos hasta que los dientes me quedaban amarrillos y había que lavarse con el dedo y con mucha agua jabonosa para sacar el hierro adherido a los dientes. Mi mamá decía que si no lo hacíamos los dientes se iban a caer y no podríamos comer melcochas.
En la escuela de Saquisilí -un cuarto improvisado- niños de todas las edades nos reuníamos en un solo bullicio a aprender a leer y a escribir. A pesar de que no entendía mucho, a la fuerza y con la insistencia de una profesora gordita, rubicunda y con una trenza espesa que le caía hasta el coxis, al final del año podía escribir mi nombre y apellido: Laura Matheu.
Mi bisabuelo había sido un español que jamás conocí, pero siempre supe que era un bandido, decía mi padre. Después mi madre decía lo mismo, pero de mi padre. Y yo no entendía muy bien. Oía el chisme en las covachas a las vecinas que decían: “El Pedrito guapo y todo pero un verdadero bandido con las mujeres, pobre doña Victoria que le hacen ver las que son y las que no son”.
Al fin, después de la desaparición de mi padre, tuvimos también que desaparecer nosotros. Las vacas y los capulíes quedaron al cuidado, encargados a una vecina. Me lleve una funda llenita para el viaje en tren hasta el desconocido Quito.
Largo fue el viaje, mi mamá no paraba de llorar, lamentándose, y diciéndonos que seamos fuertes. “Machos mis guagas, machos mijitos”.
Las calles de la ciudad eran parecidas a las de Saquisilí, llenas de polvo y piedras. Nos instalamos en la casa de la tía Inés, cómoda y siempre con un olor a naftalina. Nos regalo vestidos a todos, quedamos elegantes, mi mamá se puso una ‘harina’ en el rostro, quedo blanca y fragante, muy bella. La tía nos llevó a tomarnos fotos, las únicas que guardo de esos años. Yo salí con los ojos cerrados.
Mi madre se casó al poco tiempo con un señor mucho mayor que ella, que al fin nos adoptó como sus hijos. Como un bonito ‘regalo’ me mandó a estudiar a un internado, salía sólo los viernes por las tardes hasta el domingo a las 3 de la tarde… Tuve que acostumbrarme a los castigos y los rezos.
Ya sabía leer mejor, aunque extrañaba las vacas y los capulíes de Saquisilí. Aprendí a bordar, hice un mantel para mi tía, otro para mi madre, y unos pañuelos para Don Ignacio, mi padrastro. Cuando las monjas dormían yo leía Julio Verne y los poemas de Dolores Veintimilla de Galindo. Un día le mandé una carta a mi ñaña con la historia de que en un tiempo más nos podríamos ir a la luna y viajar sin fin por las estrellas. Le decía que capaz allá hay también árboles de capulí. Después de ese día, todo cambio me dijeron que me había vuelto loca, y que lo mejor era que me encerraran por siempre en el internado. Mi infancia calló, era una niña grande.
No volví a ver a mi familia por casi ochos años. Al fin, salí del internado sólo para casarme con un sobrino de Don Ignacio, Luis se llamaba. Dos veces no más le vi, y mi mamá un día me dijo que ya era hora, que debía casarme y que eso me iba a hacer bien. Me casé. Tuve cinco hijos. Luis me golpeaba cuando se chumaba. Y yo callaba, como me ensañaron las monjas, debía ser una esposa sumisa y silenciosa. Por fortuna y también desgracia mía, me quedé viuda con los ochos hijos, el menor tenía 2 años y la mayor 15. Luis murió de cirrosis. Encontré un trabajo como enfermera en Saquisilí, iba y volvía todos los días en tren, mis hijos se quedaban al cuidado de mi madre.
A ese ritmo viví hasta ver al menor de los hijos en la universidad. Así se me fue la vida. Ahora no hablo, enfermé hace cinco años, no puedo hablar, ya no bordo, tampoco leo. Espero los días sentada en un columpio, donde mi hija Victoria me deja para tomar el sol…
por Jaspia
Llegué a la ciudad hace 75 años, es decir cuando yo tenía 8. Mi padre nos abandonó, desapareció en medio de los paisajes andinos de Saquisilí, sin dejar mayor rastro que unos zapatos viejos, destapados por delante. Mi madre se llamaba Victoria, mi hermana menor Benigna, mi hermano mayor Alfredo, todos ya han muerto, sólo quedó yo. Soy Laura.
Recuerdo mis primeros ocho años, rodeada de pastizales, ganado y árboles de capulí. Me comía tantos hasta que los dientes me quedaban amarrillos y había que lavarse con el dedo y con mucha agua jabonosa para sacar el hierro adherido a los dientes. Mi mamá decía que si no lo hacíamos los dientes se iban a caer y no podríamos comer melcochas.
En la escuela de Saquisilí -un cuarto improvisado- niños de todas las edades nos reuníamos en un solo bullicio a aprender a leer y a escribir. A pesar de que no entendía mucho, a la fuerza y con la insistencia de una profesora gordita, rubicunda y con una trenza espesa que le caía hasta el coxis, al final del año podía escribir mi nombre y apellido: Laura Matheu.
Mi bisabuelo había sido un español que jamás conocí, pero siempre supe que era un bandido, decía mi padre. Después mi madre decía lo mismo, pero de mi padre. Y yo no entendía muy bien. Oía el chisme en las covachas a las vecinas que decían: “El Pedrito guapo y todo pero un verdadero bandido con las mujeres, pobre doña Victoria que le hacen ver las que son y las que no son”.
Al fin, después de la desaparición de mi padre, tuvimos también que desaparecer nosotros. Las vacas y los capulíes quedaron al cuidado, encargados a una vecina. Me lleve una funda llenita para el viaje en tren hasta el desconocido Quito.
Largo fue el viaje, mi mamá no paraba de llorar, lamentándose, y diciéndonos que seamos fuertes. “Machos mis guagas, machos mijitos”.
Las calles de la ciudad eran parecidas a las de Saquisilí, llenas de polvo y piedras. Nos instalamos en la casa de la tía Inés, cómoda y siempre con un olor a naftalina. Nos regalo vestidos a todos, quedamos elegantes, mi mamá se puso una ‘harina’ en el rostro, quedo blanca y fragante, muy bella. La tía nos llevó a tomarnos fotos, las únicas que guardo de esos años. Yo salí con los ojos cerrados.
Mi madre se casó al poco tiempo con un señor mucho mayor que ella, que al fin nos adoptó como sus hijos. Como un bonito ‘regalo’ me mandó a estudiar a un internado, salía sólo los viernes por las tardes hasta el domingo a las 3 de la tarde… Tuve que acostumbrarme a los castigos y los rezos.
Ya sabía leer mejor, aunque extrañaba las vacas y los capulíes de Saquisilí. Aprendí a bordar, hice un mantel para mi tía, otro para mi madre, y unos pañuelos para Don Ignacio, mi padrastro. Cuando las monjas dormían yo leía Julio Verne y los poemas de Dolores Veintimilla de Galindo. Un día le mandé una carta a mi ñaña con la historia de que en un tiempo más nos podríamos ir a la luna y viajar sin fin por las estrellas. Le decía que capaz allá hay también árboles de capulí. Después de ese día, todo cambio me dijeron que me había vuelto loca, y que lo mejor era que me encerraran por siempre en el internado. Mi infancia calló, era una niña grande.
No volví a ver a mi familia por casi ochos años. Al fin, salí del internado sólo para casarme con un sobrino de Don Ignacio, Luis se llamaba. Dos veces no más le vi, y mi mamá un día me dijo que ya era hora, que debía casarme y que eso me iba a hacer bien. Me casé. Tuve cinco hijos. Luis me golpeaba cuando se chumaba. Y yo callaba, como me ensañaron las monjas, debía ser una esposa sumisa y silenciosa. Por fortuna y también desgracia mía, me quedé viuda con los ochos hijos, el menor tenía 2 años y la mayor 15. Luis murió de cirrosis. Encontré un trabajo como enfermera en Saquisilí, iba y volvía todos los días en tren, mis hijos se quedaban al cuidado de mi madre.
A ese ritmo viví hasta ver al menor de los hijos en la universidad. Así se me fue la vida. Ahora no hablo, enfermé hace cinco años, no puedo hablar, ya no bordo, tampoco leo. Espero los días sentada en un columpio, donde mi hija Victoria me deja para tomar el sol…
martes, 16 de enero de 2007
Botas vs. Tacones
Botas vs. Tacones
por Daria
Esperaba que llegaras, tus botas te anunciarían en el andén de madera apolillada. Como siempre pasaron las horas. Las marcaba con mis tacones gruesos sobre la alfombra de pelo corto. 125 minutos más tarde te oí entrar. Sacudías con descuido las botas sobre las gradas . Una vez en el umbral me miraste a los pies y te burlaste de mis tacones. Nada peor que ser una mujer que no merece usar zapatos de taco. Te sentaste al borde de la cama sin decir nada. De rodillas frente a ti inicie la tarea -entretenida antes, penosa ahora- de desamarrar los cordones de tus armaduras. Botas negras brillantes con 25 agujeros para anudar cordones negros también. Lo hago con poca paciencia mientras la ceniza de tu cigarrillo cae sobre mi hombro. Una vez desamarradas me miras y me dices que te vas. Nada peor que ser una mujer que no merece a un hombre con las botas desamarradas. Que no me amas. Que prefieres... no explicar. Preparada para este tipo de revelaciones, me sacó los tacones. Sigues sin moverte. Recuerdo con ternura una escena de Underground, pero no la repito. En lugar de ofrecerte mis zapatos te los aviento a la cabeza. Me miras con desdén e intentas pararte pero tropiezas en el metro de cordón negro de tu bota izquierda. Recojo mis tacones y me voy. Nada mejor que ser una mujer con los zapatos puestos cuando es momento de caminar de frente y desaparecer.
por Daria
Esperaba que llegaras, tus botas te anunciarían en el andén de madera apolillada. Como siempre pasaron las horas. Las marcaba con mis tacones gruesos sobre la alfombra de pelo corto. 125 minutos más tarde te oí entrar. Sacudías con descuido las botas sobre las gradas . Una vez en el umbral me miraste a los pies y te burlaste de mis tacones. Nada peor que ser una mujer que no merece usar zapatos de taco. Te sentaste al borde de la cama sin decir nada. De rodillas frente a ti inicie la tarea -entretenida antes, penosa ahora- de desamarrar los cordones de tus armaduras. Botas negras brillantes con 25 agujeros para anudar cordones negros también. Lo hago con poca paciencia mientras la ceniza de tu cigarrillo cae sobre mi hombro. Una vez desamarradas me miras y me dices que te vas. Nada peor que ser una mujer que no merece a un hombre con las botas desamarradas. Que no me amas. Que prefieres... no explicar. Preparada para este tipo de revelaciones, me sacó los tacones. Sigues sin moverte. Recuerdo con ternura una escena de Underground, pero no la repito. En lugar de ofrecerte mis zapatos te los aviento a la cabeza. Me miras con desdén e intentas pararte pero tropiezas en el metro de cordón negro de tu bota izquierda. Recojo mis tacones y me voy. Nada mejor que ser una mujer con los zapatos puestos cuando es momento de caminar de frente y desaparecer.
Zapatos
Zapatos
por Ángel Grau
Malditos zapatos. ¿Es que uno los olvidó cuando no pudo más comerse lasuñas de los pies? La verdad es que por más que he doblado la columna hasta casi romperla no he conseguido mirar los zapatos a los que tenía que cantar y no me ha parecido de buen gusto hablar de los ajenos, porque son elementos que están en el cajón donde se esconden las intimidades (¿han notado que todas las prendas íntimas tienen una íntima relación con el olor del que se impregnan?). No tengo justificación, ni anatómica ni semántica, pero he sido derrotado por los zapatos de mierda o quizás, y más llanamente, haya perdido contra la poesía o la prosa poética. Me declaro incompetente para cantar a los zapatos y pido disculpas a todos.
por Ángel Grau
Malditos zapatos. ¿Es que uno los olvidó cuando no pudo más comerse lasuñas de los pies? La verdad es que por más que he doblado la columna hasta casi romperla no he conseguido mirar los zapatos a los que tenía que cantar y no me ha parecido de buen gusto hablar de los ajenos, porque son elementos que están en el cajón donde se esconden las intimidades (¿han notado que todas las prendas íntimas tienen una íntima relación con el olor del que se impregnan?). No tengo justificación, ni anatómica ni semántica, pero he sido derrotado por los zapatos de mierda o quizás, y más llanamente, haya perdido contra la poesía o la prosa poética. Me declaro incompetente para cantar a los zapatos y pido disculpas a todos.
La punta redonda
La punta redonda
por Jaspia
Mis zapatos suenan,
hacen canciones y ecos en la acera,
me trasportan erguida y sonora
a donde yo quiera.
La punta es redonda
romántica ahora,
antes, de niña
me parecía anticuada y aburrida.
No es violenta como
las puntas de ahora,
que parecen armas blancas
en los pies de ninguna.
Recuerdo las puntas redondas
de mis zapatos violeta, terciopelo
que me calzaron en la curiosidad
de los 10 ycorrieron hasta rasgarse
su piel.
Después llegaron los blancos de cuero
hechos en las manos de los Tapia,
los use una vez no más,
de mojigata en la primera comunión.
Justo en la antesala de la adolescencia…
Y los zapatos me gustan,
me ponen incómoda a veces
y me duelen otras.
como las experienciasde mi vida misma.
Y voy haciendo ruido,retumbando con un par
para largo, para largo.
Hasta que el latido
de los pies se detenga…
por Jaspia
Mis zapatos suenan,
hacen canciones y ecos en la acera,
me trasportan erguida y sonora
a donde yo quiera.
La punta es redonda
romántica ahora,
antes, de niña
me parecía anticuada y aburrida.
No es violenta como
las puntas de ahora,
que parecen armas blancas
en los pies de ninguna.
Recuerdo las puntas redondas
de mis zapatos violeta, terciopelo
que me calzaron en la curiosidad
de los 10 ycorrieron hasta rasgarse
su piel.
Después llegaron los blancos de cuero
hechos en las manos de los Tapia,
los use una vez no más,
de mojigata en la primera comunión.
Justo en la antesala de la adolescencia…
Y los zapatos me gustan,
me ponen incómoda a veces
y me duelen otras.
como las experienciasde mi vida misma.
Y voy haciendo ruido,retumbando con un par
para largo, para largo.
Hasta que el latido
de los pies se detenga…
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