Por Nur
En alguna ciudad, en el día, de un año incierto.
A quien corresponda:
Descubrí el amor junto a ti. Me enseñaste que la vida puede ser hermosa si tienes una ilusión que la inspire, si tienes un gran amor que te inunde de sueños el alma. Con tus detalles y tu ternura creaste para mí un mundo fantástico donde tus caricias se convirtieron en la llama que encendió mi hoguera y despertó el volcán que dormía dentro de mí. Tus besos me transportaron fuera del universo, a otra galaxia, donde tu aliento y tu calor eran lo único que podía mantenerme viva. Tu presencia la podía palpar más allá del perfume de tu ropa; más allá de la fotografía del velador, pues estabas presente en mi alma. Tu amor y tu pasión trascienden a cualquier realidad, a cualquier frontera o ley terrenal. Te amo, como nunca soñé siquiera que era posible. Y no se equivocan cuando dicen que habría que crear un lenguaje nuevo que pueda definir al amor. Las palabras no bastan para expresar lo que llevo dentro y es que, cómo transmitir este sentimiento, sino con la piel, con el corazón, con todo el ser.
Aún recuerdo cuando te conocí, me conquistaste con tus detalles, con tu sonrisa, con tus gestos, con esa manera tuya de amarme. Y desde entonces, empezamos a escribir juntos la misma historia; viviendo intensamente cada página, cada párrafo, cada instante; memorizando las mil y una estrellas que cobijaban nuestro lecho; escapando como dos fugitivos de lo cotidiano para inventar un lugar único donde amarnos plenamente. Nuestros momentos han sido más que simples horas de placer, más que la sola satisfacción de los instintos porque al desnudarnos, desnudamos también el alma.
En el sendero que hemos recorrido, nunca nos detuvimos para voltear hacia el pasado porque nuestra unión no está definida por el tiempo ni el espacio, sino por la sensualidad que entregamos al amarnos. Tú, has sido puerto seguro para mi barca, nido para mis alas, tierra firme para mi casa. Yo, he nacido cada día para morir cada noche en tu cuerpo, he sido prisionera de tus manos para ser libre en la profundidad de tus labios, he sido niña para ser mujer en tus brazos.
Somos, dos seres afines en cuerpo y mente; dos espíritus fundidos en la misma piel; dos locos de amor que han jurado amarse, más allá de la misma muerte.
Te amo,
Nur
martes, 10 de abril de 2007
Biografía
Eugenia de la Lluvia
Por: Zeta (volví a nacer)
Eugenia Montesdeoca Llanos nació el 14 de junio del 1984, un día lluvioso en medio de gritos, viento, y ruido y fue abandonada por su madre en el horfanatorio del lugar. El hospital se había inundado como consecuencia de las fuertes lluvias que caían sobre el lugar en los últimos 7 días en una muestra más del cambio climático del planeta, todas las salas de atención estaban inundadas y la sala de partos no se salvó. Eugenia nació en un pueblo lejano del Oriente del país. Indiferente y confundiendo el agua del lugar con el agua del vientre de su madre no recordará este momento gracias a la sabiduría de la naturaleza.
La particularidad de los hechos de su nacimiento la marcó, todo el pueblo sabía que la única niña que nació aquel día en que no solo el hospital se inundó era Eugenia y por esto le temían pues parecía que ella tenía alguna conexión maligna con la lluvia. Estudió en una escuela rural que a pesar de los arreglos, cada vez que llovía tenía goteras por todas partes y en especial en el aula de Eugenia. La casa del horfanatorio estaba ubicada junto a un arroyo de los pocos que todavía tenían agua semi-limpia. Ya casi todos los ríos, arroyos y fuentes naturales de agua de los pueblos cercanos estaban contagiados por el natural desarrollo de las ciudades que hicieron que el mundo entero sufra de falta de agua, en otras palabras estaban secos, con excepción del arroyo de la casa de Eugenia.
Al cumplir 14 años, Eugenia termina la primaria luego de haber acudido a las clases en su escuela de manera irregular. La edad era ya suficiente para que ella buscara sus propios ingresos por lo que abandonó su pueblo en busca de mejores oportunidades. Su falta de experiencia y talvez el destino provocó que tomara el bus equivocado y fuera a parar a un pueblo tan pobre como el suyo, con la diferencia de que este se encontraba junto al mar, soleado la mayor parte del tiempo y lleno de un ruido diferente al de la lluvia a la que estaba acostumbrada, el ruido de la música propia de estos lugares que por el sol y el mar de alguna manera tenían la sal que su pueblo no tenía.
El mar era la fuente de alimentos de aquel lugar al que el destino la llevó, y se convirtió en su fuente de vida y sueños, su mejor escuela, tanta agua junta de alguna manera le decía que ella nació para estar junto a ella. Pudo encontrar trabajo en un restaurante y se quedó ahí hasta los 18 años, pero como nos debimos imaginar, desde que llegó a aquel pueblo, la lluvia empezó y no cesó. Ella por su lado sonreía cada vez que veía esos reportajes en el viejo televisor del lugar en los que el mundo entero se preocupaba por la escasez de agua dulce y a la vez pueblos enteros desaparecían por consecuencia aparentemente del desequilibrio ecológico, entre ellos el pueblo en el que había nacido que apenas ella lo abandonó fue víctima de los más fuertes huracanes y lluvias que se habían presentado en las últimas épocas en el país.
En noviembre del 2002 Eugenia decide abandonar el pueblo de pescadores en una pequeña embarcación y se dirige a una Isla llamada la Isla de sal que está a una hora mar adentro. A la mitad del camino una fuerte tormenta cae en varios kilómetros a la redonda, los sonidos que Eugenia escucha esta vez rompen la indiferencia con la que había vivido, cuando ella logra regresar a ver al pueblo que acababa de abandonar, se pudo percatar de que este prácticamente había desaparecido y aquellos miedos que siempre trató de ingnorar la atrapaban junto a los brazos del mar.
Cuenta la historia que en el mes de noviembre del 2002, el mar se la llevó para siempre y el sol volvió a salir en el pueblo de pescadores. Los turistas volvieron y la historia de Eugenia de la lluvia se escucha en el pueblo donde ella nació y se repite en el lugar donde murió.
Por: Zeta (volví a nacer)
Eugenia Montesdeoca Llanos nació el 14 de junio del 1984, un día lluvioso en medio de gritos, viento, y ruido y fue abandonada por su madre en el horfanatorio del lugar. El hospital se había inundado como consecuencia de las fuertes lluvias que caían sobre el lugar en los últimos 7 días en una muestra más del cambio climático del planeta, todas las salas de atención estaban inundadas y la sala de partos no se salvó. Eugenia nació en un pueblo lejano del Oriente del país. Indiferente y confundiendo el agua del lugar con el agua del vientre de su madre no recordará este momento gracias a la sabiduría de la naturaleza.
La particularidad de los hechos de su nacimiento la marcó, todo el pueblo sabía que la única niña que nació aquel día en que no solo el hospital se inundó era Eugenia y por esto le temían pues parecía que ella tenía alguna conexión maligna con la lluvia. Estudió en una escuela rural que a pesar de los arreglos, cada vez que llovía tenía goteras por todas partes y en especial en el aula de Eugenia. La casa del horfanatorio estaba ubicada junto a un arroyo de los pocos que todavía tenían agua semi-limpia. Ya casi todos los ríos, arroyos y fuentes naturales de agua de los pueblos cercanos estaban contagiados por el natural desarrollo de las ciudades que hicieron que el mundo entero sufra de falta de agua, en otras palabras estaban secos, con excepción del arroyo de la casa de Eugenia.
Al cumplir 14 años, Eugenia termina la primaria luego de haber acudido a las clases en su escuela de manera irregular. La edad era ya suficiente para que ella buscara sus propios ingresos por lo que abandonó su pueblo en busca de mejores oportunidades. Su falta de experiencia y talvez el destino provocó que tomara el bus equivocado y fuera a parar a un pueblo tan pobre como el suyo, con la diferencia de que este se encontraba junto al mar, soleado la mayor parte del tiempo y lleno de un ruido diferente al de la lluvia a la que estaba acostumbrada, el ruido de la música propia de estos lugares que por el sol y el mar de alguna manera tenían la sal que su pueblo no tenía.
El mar era la fuente de alimentos de aquel lugar al que el destino la llevó, y se convirtió en su fuente de vida y sueños, su mejor escuela, tanta agua junta de alguna manera le decía que ella nació para estar junto a ella. Pudo encontrar trabajo en un restaurante y se quedó ahí hasta los 18 años, pero como nos debimos imaginar, desde que llegó a aquel pueblo, la lluvia empezó y no cesó. Ella por su lado sonreía cada vez que veía esos reportajes en el viejo televisor del lugar en los que el mundo entero se preocupaba por la escasez de agua dulce y a la vez pueblos enteros desaparecían por consecuencia aparentemente del desequilibrio ecológico, entre ellos el pueblo en el que había nacido que apenas ella lo abandonó fue víctima de los más fuertes huracanes y lluvias que se habían presentado en las últimas épocas en el país.
En noviembre del 2002 Eugenia decide abandonar el pueblo de pescadores en una pequeña embarcación y se dirige a una Isla llamada la Isla de sal que está a una hora mar adentro. A la mitad del camino una fuerte tormenta cae en varios kilómetros a la redonda, los sonidos que Eugenia escucha esta vez rompen la indiferencia con la que había vivido, cuando ella logra regresar a ver al pueblo que acababa de abandonar, se pudo percatar de que este prácticamente había desaparecido y aquellos miedos que siempre trató de ingnorar la atrapaban junto a los brazos del mar.
Cuenta la historia que en el mes de noviembre del 2002, el mar se la llevó para siempre y el sol volvió a salir en el pueblo de pescadores. Los turistas volvieron y la historia de Eugenia de la lluvia se escucha en el pueblo donde ella nació y se repite en el lugar donde murió.
miércoles, 4 de abril de 2007
Biografía
Reymundo Santos Gangotena, abogado
Por: se olvidó de mandar el seudónimo
Horrible, húmedo, negro y arrugado. –Es una preciosura!- Decía su abuela al verlo por primera vez casi sin identificarlo en la hilera de guaguas que habían llegado al mundo esa mañana en la maternidad.
Su primera pulsera lo identificaba. Escrito a mano, en azul, decía claramente Reymundo Santos.
Con destreza magistral las enfermeras del recinto hospitalario llevaban uno a uno a los bebés fresquitos donde sus orgullosas madres. Sonrisa entregaba, sonrisa recibía, a nadie le importaba la sinfonía escandalosa y desafinada que bullía desde las incubadoras hasta el corredor blanquecino.
Digno de su alcurnia, doña Mercedes Gangotena de Santos disponía de una habitación pulcra, alimentada de los mejores aditamentos de bienestar que se podía ofrecer en aquellos tiempos de dictadura para el confort de las partientas: bacinilla de bronce, escupidero de plata, cobija tejida a mano, chancletas de hule para el baño y pantuflas de oveja para las obligatorias caminatas de reposición por el pasillo.
Ramilletes de los más floridos descansaban en la mesita de comer, junto a la sopa fría de pollo, al puré con carne y a la gelatina que doña Mercedes dejó a medio camino ya que su repulsión y sus náuseas no permitían que bocado alguno pase por sus sistema.
Y es que su caso, médico, fue bastante sui géneris para los doctores. Si bien los gritos de dolor de las primerizas son comunes ya entre los galenos y sus ayudantes, los de doña Mercedes eran verdaderamente aterradores. Carmita, la enfermera más antigua del hospital tuvo que ser llevada de urgencias a una clínica privada para tratarle la profunda sordera que le causaron los aullidos de Mercedes Gangotena. A dos auxiliares más se les atendió en la misma maternidad de los profundos aruñazos que recibieron sus brazos y que necesitaron sutura. Jaime Costales, el médico de turno fue el único beneficiado con el bochinche ya que la certera patada que recibió de doña Mercedes le ayudó a expulsar la muela del juicio que lo atormentaba desde hace semanas.
Y es que Reymundito, como lo llamaban en la casa su madre, tías y abuelas siempre fue un dolor de cabeza.
En el Centro Especializado en atención para infantes, como su madre llamaba a la guardería en la que el guagua creció en sus primeros años, causó varios traumas. Todos sus compañeritos crecerían con horror al fútbol, a las cogidas, a subirse a una bicicleta, a bañarse en una piscina, a las fiestas de cumpleaños y a los regalos de navidad. Y otros con fobia a todos, a los perros, a los gatos, a los conejos, pero sobre todo a los niños. Después de sus años junto a Reymundito nunca fueron los mismos.
En la escuela y el colegio, sus padres, aunque siempre reacios a los cambios modernos, optaron por uno, de esos pocos católicos mixtos, regido por monjas canadienses. Ahí las de los traumas fueron las niñas. Todas ahora odian a los hombres.
Más que el Mercedes gris año 81 que decoraba la cochera de los Santos Gangotena costó el título de abogado de la República al que accedió Reymundito y con el que gracias a los favores que los encopetados de derecha debían a su padre llegó hasta lo más alto de la judicatura.
El Ministro Juez Santos Gangotena dirige desde allí, durante las dos horas que asiste y por las que gana setecientos salarios mínimos al mes, las riendas de una de las organizaciones más respetables y despreciables de la sociedad quiteña.
Son las 11:00 de un martes cualquiera, un chirrido de llantas suena frente al edificio central del Ministerio Fiscal. Jacinto Nazareno, regordete y atemorizante moreno oriundo de San Lorenzo se baja con prisa del sedan de vidrios polarizados y mientras cruza por detrás del auto elegantemente abotona su chaqueta que se explota por el enorme vientre. Abre la puerta y como en cámara lenta, salido de película de gansters desciende Reymundito, a quien sólo le gusta que lo llame así la Patricia Meza, esbelta montubia que conoció en el Café Rojo. Cuatro pelos al viento, que se revelan de la raya junto a la oreja que se hace todas las mañanas cuando se peina, dejan ver que la redondez de su calva es casi tan perfecta como la de su panza. Nunca faltan las gafas Rayband, compradas en unas vacaciones en Atacames, botas vaqueras negras, punta de alfiler, con un trébol bordado, son las compañeras ideales de los casimires que le fabrica Teodoro Coello, un sastre de la vuelta del recinto judicial y con los que Reymundito se siente dueño del mundo.
Doctor!, buenas doctor!, doctor que gusto!, saludan hipócritas todos los acólitos de la judicatura.
De cuatro escritorios perfectamente distribuidos en un cuarto beige, todos con sus respectivas máquinas de escribir marca Brother y con pilas de juicios que parecen edificios, salen José Enríquez, Eugenio Nieto, Ángel Esterillas y Carmen (Carmita para el jefe) Cárdenas, que trabajan años junto a Reymundito, desde que es Ministro juez, y quienes acumulan traumas dignos de un filme alleniano.
Raymundo entra, se levantan en fila militar, todos al unísono: doctor buenas! mientras Carmita, coqueta con su minifalda, le sirve el café y el periódico. Él la pellizca justo en el terciopelo de la falta y le lanza un guiño matador, como todos los días.
El tronar de la mecanografía invade de apoco la oficina nuevamente, Reymundito se acomoda, deja el maletín a un lado de su sillón, sorbe su café, su vista se sumerge en lo interesante del titular “Atrapan a marido celoso que mató a su mujer con navaja de afeitar” y el sueño y el calor de la mañana se apoderan de él. Sus ronquidos serán disimulados por sus acólitos con un tecleo desesperado. Esa será la clave para Jacinto.
Son las 11:05, así es la rutina, Jacinto se parará en la puerta y con la inexplicable frase de “no hay sistema” no dejará que ningún entrometido intente sacar un juicio mientras las miradas de los cuatro escritorios se posan hipnóticas en la telenovela.
Reymundito sueña, sueña con aquel día en el que le entregaron la placa nuevita que hay sobre la mesa: “A Raymundo Santos Gangotena, por sus 25 años al servicio de la patria, sus compañeros los judiciales”.
Por: se olvidó de mandar el seudónimo
Horrible, húmedo, negro y arrugado. –Es una preciosura!- Decía su abuela al verlo por primera vez casi sin identificarlo en la hilera de guaguas que habían llegado al mundo esa mañana en la maternidad.
Su primera pulsera lo identificaba. Escrito a mano, en azul, decía claramente Reymundo Santos.
Con destreza magistral las enfermeras del recinto hospitalario llevaban uno a uno a los bebés fresquitos donde sus orgullosas madres. Sonrisa entregaba, sonrisa recibía, a nadie le importaba la sinfonía escandalosa y desafinada que bullía desde las incubadoras hasta el corredor blanquecino.
Digno de su alcurnia, doña Mercedes Gangotena de Santos disponía de una habitación pulcra, alimentada de los mejores aditamentos de bienestar que se podía ofrecer en aquellos tiempos de dictadura para el confort de las partientas: bacinilla de bronce, escupidero de plata, cobija tejida a mano, chancletas de hule para el baño y pantuflas de oveja para las obligatorias caminatas de reposición por el pasillo.
Ramilletes de los más floridos descansaban en la mesita de comer, junto a la sopa fría de pollo, al puré con carne y a la gelatina que doña Mercedes dejó a medio camino ya que su repulsión y sus náuseas no permitían que bocado alguno pase por sus sistema.
Y es que su caso, médico, fue bastante sui géneris para los doctores. Si bien los gritos de dolor de las primerizas son comunes ya entre los galenos y sus ayudantes, los de doña Mercedes eran verdaderamente aterradores. Carmita, la enfermera más antigua del hospital tuvo que ser llevada de urgencias a una clínica privada para tratarle la profunda sordera que le causaron los aullidos de Mercedes Gangotena. A dos auxiliares más se les atendió en la misma maternidad de los profundos aruñazos que recibieron sus brazos y que necesitaron sutura. Jaime Costales, el médico de turno fue el único beneficiado con el bochinche ya que la certera patada que recibió de doña Mercedes le ayudó a expulsar la muela del juicio que lo atormentaba desde hace semanas.
Y es que Reymundito, como lo llamaban en la casa su madre, tías y abuelas siempre fue un dolor de cabeza.
En el Centro Especializado en atención para infantes, como su madre llamaba a la guardería en la que el guagua creció en sus primeros años, causó varios traumas. Todos sus compañeritos crecerían con horror al fútbol, a las cogidas, a subirse a una bicicleta, a bañarse en una piscina, a las fiestas de cumpleaños y a los regalos de navidad. Y otros con fobia a todos, a los perros, a los gatos, a los conejos, pero sobre todo a los niños. Después de sus años junto a Reymundito nunca fueron los mismos.
En la escuela y el colegio, sus padres, aunque siempre reacios a los cambios modernos, optaron por uno, de esos pocos católicos mixtos, regido por monjas canadienses. Ahí las de los traumas fueron las niñas. Todas ahora odian a los hombres.
Más que el Mercedes gris año 81 que decoraba la cochera de los Santos Gangotena costó el título de abogado de la República al que accedió Reymundito y con el que gracias a los favores que los encopetados de derecha debían a su padre llegó hasta lo más alto de la judicatura.
El Ministro Juez Santos Gangotena dirige desde allí, durante las dos horas que asiste y por las que gana setecientos salarios mínimos al mes, las riendas de una de las organizaciones más respetables y despreciables de la sociedad quiteña.
Son las 11:00 de un martes cualquiera, un chirrido de llantas suena frente al edificio central del Ministerio Fiscal. Jacinto Nazareno, regordete y atemorizante moreno oriundo de San Lorenzo se baja con prisa del sedan de vidrios polarizados y mientras cruza por detrás del auto elegantemente abotona su chaqueta que se explota por el enorme vientre. Abre la puerta y como en cámara lenta, salido de película de gansters desciende Reymundito, a quien sólo le gusta que lo llame así la Patricia Meza, esbelta montubia que conoció en el Café Rojo. Cuatro pelos al viento, que se revelan de la raya junto a la oreja que se hace todas las mañanas cuando se peina, dejan ver que la redondez de su calva es casi tan perfecta como la de su panza. Nunca faltan las gafas Rayband, compradas en unas vacaciones en Atacames, botas vaqueras negras, punta de alfiler, con un trébol bordado, son las compañeras ideales de los casimires que le fabrica Teodoro Coello, un sastre de la vuelta del recinto judicial y con los que Reymundito se siente dueño del mundo.
Doctor!, buenas doctor!, doctor que gusto!, saludan hipócritas todos los acólitos de la judicatura.
De cuatro escritorios perfectamente distribuidos en un cuarto beige, todos con sus respectivas máquinas de escribir marca Brother y con pilas de juicios que parecen edificios, salen José Enríquez, Eugenio Nieto, Ángel Esterillas y Carmen (Carmita para el jefe) Cárdenas, que trabajan años junto a Reymundito, desde que es Ministro juez, y quienes acumulan traumas dignos de un filme alleniano.
Raymundo entra, se levantan en fila militar, todos al unísono: doctor buenas! mientras Carmita, coqueta con su minifalda, le sirve el café y el periódico. Él la pellizca justo en el terciopelo de la falta y le lanza un guiño matador, como todos los días.
El tronar de la mecanografía invade de apoco la oficina nuevamente, Reymundito se acomoda, deja el maletín a un lado de su sillón, sorbe su café, su vista se sumerge en lo interesante del titular “Atrapan a marido celoso que mató a su mujer con navaja de afeitar” y el sueño y el calor de la mañana se apoderan de él. Sus ronquidos serán disimulados por sus acólitos con un tecleo desesperado. Esa será la clave para Jacinto.
Son las 11:05, así es la rutina, Jacinto se parará en la puerta y con la inexplicable frase de “no hay sistema” no dejará que ningún entrometido intente sacar un juicio mientras las miradas de los cuatro escritorios se posan hipnóticas en la telenovela.
Reymundito sueña, sueña con aquel día en el que le entregaron la placa nuevita que hay sobre la mesa: “A Raymundo Santos Gangotena, por sus 25 años al servicio de la patria, sus compañeros los judiciales”.
Biografía
Casi condenado
por (If you want me, come and claim me)
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento.
He mentido, sí. Proferí blasfemias y palabras malignas... o no tan malignas pero tampoco benignas. Manipulé la realidad para obtener ganancia, para aprovecharme de la gente y de las circunstancias. Y dilapidé las ganancias que obtuve, sin mucha razón, como si no hubiera habido gente necesitada para regalárselas.
Dije cosas que hirieron y sonreí con el resultado. Me burlé de las viejas en los supermercados cuando tapaban el paso con sus carritos, y de mis amigos cuando cometían algún error. Prometí y prometí pero nunca de corazón, siempre con plena conciencia de que no iba a cumplir. Hice tratos con la gente, buenos tratos que no cumplí, buena gente que no respeté.
Me libré de responsabilidades para dedicarme al ocio y los placeres. Bebí y bebí hasta enfermar, hasta ubicar mi conciencia en un lugar inalcanzable, y mantuve importantes conversaciones que al otro día no podía recordar. Vagué atemorizante y alcoholizado por las calles casi vacías, ensuciando con mi orina las esquinas. Vomité en las casas, arruiné las fiestas, ensucié las ropas, golpeé a las personas y no hubo chuchaqui que me haga arrepentir de haberlo hecho.
Me bañé con el sudor de mujeres que no amaba. Exploré sus cuerpos con lascivia, sus bocas me recorrieron entero, mi lengua aprendió sus caminos, expulsé mi semen en su interior, las obligué a hacer cosas que no querían o que simplemente sus cuerpos no eran capaces de hacer, y todo gracias al amor que fingí sentir por ellas... Ellas, mujeres si nombres, pues se perdieron junto con su decencia.
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento y eso será pronto. Ya estoy viejo y estoy cansado. Sé que no falta mucho para que la muerte quiera ser mi amante y trate de llevarme a dormir en su cama. Cuando eso suceda tendré que arrepentirme de mis errores e implorar la absolución de Dios. Me arrodillaré y suplicaré para, gracias a su infinita misericordia, obtener el perdón divino que me permita disfrutar de otra vida. No sé si así funcione lo de la vida eterna, pero tengo que reencarnar más adelante -es una necesidad- porque me faltan cosas por hacer.
Hay mentiras que no pude decir, ganancias ilícitas de las que no disfruté, gente a la que no traicioné, promesas que no tuve oportunidad de ignorar, bebidas que no saboreé. Pero, por sobre todas las cosas, la eternidad me espera para conocer esos labios que no pude besar, esos cuerpos que no pude tocar, esas mujeres sobre las que no pude cometer los máximos excesos... Porque, tal vez, si se me otorgan las vidas necesarias, pueda conocer a aquélla que me haga sentir eso que llaman amor.
por (If you want me, come and claim me)
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento.
He mentido, sí. Proferí blasfemias y palabras malignas... o no tan malignas pero tampoco benignas. Manipulé la realidad para obtener ganancia, para aprovecharme de la gente y de las circunstancias. Y dilapidé las ganancias que obtuve, sin mucha razón, como si no hubiera habido gente necesitada para regalárselas.
Dije cosas que hirieron y sonreí con el resultado. Me burlé de las viejas en los supermercados cuando tapaban el paso con sus carritos, y de mis amigos cuando cometían algún error. Prometí y prometí pero nunca de corazón, siempre con plena conciencia de que no iba a cumplir. Hice tratos con la gente, buenos tratos que no cumplí, buena gente que no respeté.
Me libré de responsabilidades para dedicarme al ocio y los placeres. Bebí y bebí hasta enfermar, hasta ubicar mi conciencia en un lugar inalcanzable, y mantuve importantes conversaciones que al otro día no podía recordar. Vagué atemorizante y alcoholizado por las calles casi vacías, ensuciando con mi orina las esquinas. Vomité en las casas, arruiné las fiestas, ensucié las ropas, golpeé a las personas y no hubo chuchaqui que me haga arrepentir de haberlo hecho.
Me bañé con el sudor de mujeres que no amaba. Exploré sus cuerpos con lascivia, sus bocas me recorrieron entero, mi lengua aprendió sus caminos, expulsé mi semen en su interior, las obligué a hacer cosas que no querían o que simplemente sus cuerpos no eran capaces de hacer, y todo gracias al amor que fingí sentir por ellas... Ellas, mujeres si nombres, pues se perdieron junto con su decencia.
No me arrepiento aunque me he de arrepentir en su momento y eso será pronto. Ya estoy viejo y estoy cansado. Sé que no falta mucho para que la muerte quiera ser mi amante y trate de llevarme a dormir en su cama. Cuando eso suceda tendré que arrepentirme de mis errores e implorar la absolución de Dios. Me arrodillaré y suplicaré para, gracias a su infinita misericordia, obtener el perdón divino que me permita disfrutar de otra vida. No sé si así funcione lo de la vida eterna, pero tengo que reencarnar más adelante -es una necesidad- porque me faltan cosas por hacer.
Hay mentiras que no pude decir, ganancias ilícitas de las que no disfruté, gente a la que no traicioné, promesas que no tuve oportunidad de ignorar, bebidas que no saboreé. Pero, por sobre todas las cosas, la eternidad me espera para conocer esos labios que no pude besar, esos cuerpos que no pude tocar, esas mujeres sobre las que no pude cometer los máximos excesos... Porque, tal vez, si se me otorgan las vidas necesarias, pueda conocer a aquélla que me haga sentir eso que llaman amor.
Biografía
La niña Chacha
por Ángel Grau
La casa esquinera señorial, mantenida, reconocida por todos como un referente del barrio, hervía. Hervía de verdad, las cuatro grandes ollas en las que se preparaba las sopas de arroz de cebada para la cena de los lunes ahora bullían de agua, el fuego la purificaba, la transparentaba, asesinaba a esos bichos feos que habitan las aguas deese que nunca se sabrá si es un flujo permante de aguas puras venidas del páramo o una colada de miserias fecales.
Pero no había más. Se debía hervir, lo había dicho la abuela, por cuatro horas o 7 atados de leña, lo que sucediera primero, y entonces estaría lista.
En el tercer piso, la madre gritaba fuerte. Nada se parece al grito de una madre primeriza; se compone de 25 por ciento de dolor, 25 por ciento de esperanza, 25 por ciento de fuerza y 25 por ciento de amor. Se había quejado las últimas ocho horas de dolores, habían mandando llamar a la partera hace 2, habían acudido las 7 tías hace media hora yel padre había mandado a decir que le avisaran cuando hubiera nacido la criatura. Lo cual sucedió, según quedó marcado en el reloj cucú, a las tres de latarde y ocho minutos.
Sucedió que apareció la cabeza y luego el cuerpo de un varón, quien gritó muy fuerte pero no lloró. A las tres de la tarde y 14 minutos lloró una niñita.
El mundo está dividido en varonesy niñitas. El padre llegó cerca de las ocho de la noche con olor alicor de anís y un trío de lagarteros, la madre lloró de la rabia porque solo quería descansar de la jornada. Borracho como terminó a las 10 de la noche, hacía esfuerzos ridículos por convencer a su mujer de encargar al tercero esa misma noche. Llanto sobre el difunto, como decía la tía Esperanza. Durmió en una de las 6habitaciones de la casona, que no en la matrimonial. Ni esa noche ninunca más.
Yo soy la menor de la familia y me bautizaron con el primer nombre de mis abuelas y de mi madre (Rebeca Caridad Irma). Enseguida, sinsaberlo, fui la mayor e hija única, el flojo de mi hermano no diotiempo ni para el bautizo, se saltó sin arrogancia a la extrema unsión. Por eso, he debido cargar con todo. Ocurridos como son todos por aquí,jamás me llamaron por ninguno de los tres nombres, siempre he sido la Chacha, la niña Chacha, la verdad. No tiene mucho misterio esto, mi papá nunca fue tal porque en la casano había el varón heredero, es decir, no había hijo para él; pero para mamá y el resto del planeta era una princesa que asumiría pronto la conducción del mundo matriarcal que añoraban, los ovarios al poder. Y yo los tenía. Los usaba, además usaba los encantos recibidos o meinventaba otros para tener a todos como ladillas.
Recuerdo haber sido atendido por el doctor varias veces los lunes. Mi padre me llevaba de la mano a misa y me traía de la mano de la misa ycomo yo no era el varoncito de sus ojos me apretaba tanto la mano queel doctor debía administrarme un ungüento de matico para que laextremidad recuperara la circulación. Recuerdo también al doctor un díaque me fue a atender porque, según mi padre, tenía un derrame. Ese día enterramos a mi madre y mi padre notó los trazos rojos, pero el enrojeció más cuando el doctor le dijo que era mi primera mensutruación.
Yo se que es muy pronto para escribir mi biografía, soy muy joven, pero ya tuve mi primera menstruación, lo que me da el derecho de sentarme en la mesa grande y hablar de mí misma. El derecho para la biografía uno se lo gana con sangre.
por Ángel Grau
La casa esquinera señorial, mantenida, reconocida por todos como un referente del barrio, hervía. Hervía de verdad, las cuatro grandes ollas en las que se preparaba las sopas de arroz de cebada para la cena de los lunes ahora bullían de agua, el fuego la purificaba, la transparentaba, asesinaba a esos bichos feos que habitan las aguas deese que nunca se sabrá si es un flujo permante de aguas puras venidas del páramo o una colada de miserias fecales.
Pero no había más. Se debía hervir, lo había dicho la abuela, por cuatro horas o 7 atados de leña, lo que sucediera primero, y entonces estaría lista.
En el tercer piso, la madre gritaba fuerte. Nada se parece al grito de una madre primeriza; se compone de 25 por ciento de dolor, 25 por ciento de esperanza, 25 por ciento de fuerza y 25 por ciento de amor. Se había quejado las últimas ocho horas de dolores, habían mandando llamar a la partera hace 2, habían acudido las 7 tías hace media hora yel padre había mandado a decir que le avisaran cuando hubiera nacido la criatura. Lo cual sucedió, según quedó marcado en el reloj cucú, a las tres de latarde y ocho minutos.
Sucedió que apareció la cabeza y luego el cuerpo de un varón, quien gritó muy fuerte pero no lloró. A las tres de la tarde y 14 minutos lloró una niñita.
El mundo está dividido en varonesy niñitas. El padre llegó cerca de las ocho de la noche con olor alicor de anís y un trío de lagarteros, la madre lloró de la rabia porque solo quería descansar de la jornada. Borracho como terminó a las 10 de la noche, hacía esfuerzos ridículos por convencer a su mujer de encargar al tercero esa misma noche. Llanto sobre el difunto, como decía la tía Esperanza. Durmió en una de las 6habitaciones de la casona, que no en la matrimonial. Ni esa noche ninunca más.
Yo soy la menor de la familia y me bautizaron con el primer nombre de mis abuelas y de mi madre (Rebeca Caridad Irma). Enseguida, sinsaberlo, fui la mayor e hija única, el flojo de mi hermano no diotiempo ni para el bautizo, se saltó sin arrogancia a la extrema unsión. Por eso, he debido cargar con todo. Ocurridos como son todos por aquí,jamás me llamaron por ninguno de los tres nombres, siempre he sido la Chacha, la niña Chacha, la verdad. No tiene mucho misterio esto, mi papá nunca fue tal porque en la casano había el varón heredero, es decir, no había hijo para él; pero para mamá y el resto del planeta era una princesa que asumiría pronto la conducción del mundo matriarcal que añoraban, los ovarios al poder. Y yo los tenía. Los usaba, además usaba los encantos recibidos o meinventaba otros para tener a todos como ladillas.
Recuerdo haber sido atendido por el doctor varias veces los lunes. Mi padre me llevaba de la mano a misa y me traía de la mano de la misa ycomo yo no era el varoncito de sus ojos me apretaba tanto la mano queel doctor debía administrarme un ungüento de matico para que laextremidad recuperara la circulación. Recuerdo también al doctor un díaque me fue a atender porque, según mi padre, tenía un derrame. Ese día enterramos a mi madre y mi padre notó los trazos rojos, pero el enrojeció más cuando el doctor le dijo que era mi primera mensutruación.
Yo se que es muy pronto para escribir mi biografía, soy muy joven, pero ya tuve mi primera menstruación, lo que me da el derecho de sentarme en la mesa grande y hablar de mí misma. El derecho para la biografía uno se lo gana con sangre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)